El zumbador

i0404[1]Lo ha sabido siempre, abril es el mes más caluroso. Pero ya no recordaba cómo afecta al ímpetu los cuarenta grados a la sombra. El cuerpo se vuelve tremendamente pesado imponiendo movimientos lentos. Una buena estrategia evolutiva de ahorro energético, pero muy molesta. Solo apetece tumbarse y esperar a que llegue la noche, cuando el sol ya se ha retirado. Y entonces sales a la calle a sentarte y escuchar historias en cualquier grupo de gente del mercado nocturno. Malik es médico, no puede hacer eso, se le necesita y lo solicitan más de lo que sería deseado.

Desde que terminó su carrera en París y volvió a su tierra, no ha dejado de atender urgencias de todo tipo, partos, infecciones, diarreas, resfriados, gripes, hasta mediador entre familiares enfrentados. Un médico, en África occidental, es más un chico para todo que un especialista. Pero a él no le importa, le gusta su profesión y disfruta del contacto con la gente, no en vano es africano. En Mali, como en toda África subsahariana, nunca se está solo, siempre se está rodeado de gente, integrado en el grupo, inmerso en la gran familia africana.

Por las noches no duerme, no es el calor, lo que le preocupa es la falta de recursos. Cada día cuando necesita abrir su maletín se desmorona al constatar su vacuidad. Ha visto mucho dolor, dolor que se podría atenuar con un simple paracetamol. ¿Os imagináis tener que orinar un cálculo renal sin ningún tipo de analgésico?

Pero lo más abrumador es la angustia que siente al ver morir de malaria a un infante por falta de un diagnóstico precoz. No tiene forma de hacer un análisis de sangre fiable en lugares remotos donde las personas viven sin ningún tipo de infraestructuras como carreteras o electricidad. Enfermedad, que no solo mata y destroza las vidas de los familiares, sino la oportunidad de progresar a regiones enteras. El paludismo está asociado con la pobreza y es también una causa de pobreza y un obstáculo importante para el desarrollo económico de los países que la sufren.

Los síntomas de la malaria se asemejan a las de la gripe, fiebre alta, dolores musculares, óseos y debilidad. Se pueden confundir fácilmente, también, con un fuerte resfriado, una gastroenteritis, una tifoidea o a otras fiebres virales. Así la fiebre y otros síntomas similares a la malaria necesitan una cuidadosa evaluación para diagnosticar correctamente y prescribir el tratamiento apropiado para cada dolencia. Para ello ha de extraerse una muestra de sangre del paciente, que habrá que centrifugar para separar el plasma y luego examinar bajo un microscopio y poder detectar el parásito. Ni siquiera en el hospital de Bamako, donde trabaja, dispone de material en condiciones.

blogNo puede dejar de pensar en una idea, tal vez absurda, pero que vale la pena probar. Hace un par de días, mientras esperaba sentado bajo un baobab, a que le repararan el coche en un tenderete de carretera, se entretuvo observando a unos críos jugando. Uno de ellos se había dormido sobre una estera de paja a la sombra de una pared de adobe. Los otros dos excitados por la idea de la travesura conspiraban con algo que llevaban en la mano. Esforzándose distinguió que cada uno de ellos llevaba un botón atado con unas cuerdas, que su mente asoció rápidamente con un zumbador, habitante de las escenas de su niñez. Los niños se acercaron sigilosamente al que descansaba y mientras uno le zumbaba al oído, el otro dejó que el botón y las cuerdas se liaran con el cabello de su compañero para salir corriendo entre carcajadas. El pobre infeliz se levantó asustado convencido que un enorme abejorro se había embrollado en su cabeza.

— ¡Cáspita! ¿A cuántas revoluciones debe girar el botón? —se preguntó.

Cuando regresó a casa esa tarde estaba decidido a experimentar y comprobarlo. Sacó del desván la caja de los trastos inservibles, se sentó en el suelo y comenzó a buscar materiales para fabricarse su propio zumbador. Intrigado, se asomó por la puerta Bahru, su hijo de 6 años.

— ¿Qué haces, papi?

— Quiero construir un juguete de cuando yo era niño. ¿Me ayudas?

— Vale —respondió Bahru dispuesto para la acción.

La caja de cachivaches pronto les recompensó con lo necesario. Una pequeña tapadera de plástico, a modo de disco, y un cordel que parecía lo bastante largo. Con la ayuda de un maltrecho punzón, Malik perforó dos agujeros en el centro del disco y se lo dio a Bahru para que enhebrara en ellos el cordel. Solo restaba anudar los extremos de la cuerda no sin antes añadir un par de argollas, rescatadas de unos viejos llaveros. El médico apretó bien los nudos y, tras un rápido vistazo al artilugio, se lo entregó a su hijo.

El pequeño, como si lo hubiera hecho toda su vida, introdujo sus pulgares en las argollas y comenzó a tensar y aflojar alternativamente el cordel, con tirones breves y rápidos. A medida que el disco adquiría velocidad, los tirones eran más largos y espaciados. El zumbador no tardó en hacer honor a su nombre, comenzando a emitir un ronco silbido intermitente que iluminó la sonrisa de Bahru.

image_4566Al día siguiente, Malik se llevó el zumbador al hospital. Su hijo se lo permitió bajo la promesa de que construirían uno para él, que decoraría con los colores del arcoíris. Se dirigió a la diminuta habitación que servía de laboratorio y rellenó dos finos capilares de cristal con una de las primeras muestras de sangre que extrajo durante la mañana. Pegó los capilares al disco del zumbador con esparadrapo, en posiciones diametralmente opuestas para que el giro fuera equilibrado. Respiró hondo y tensó las cuerdas. El disco aceleró hasta emitir ese familiar ronroneo.

Decidió que lo mantendría en funcionamiento durante al menos dos minutos, y mientras tensaba y destensaba rítmicamente se concentró en el modo en que el cordel se enrollaba. Mientras aflojaba la tensión, adoptaba forma helicoidal que rápidamente se empaquetaba y amontonaba de manera irregular. Un comportamiento caprichosamente similar al de una hebra de ADN enrollándose y empaquetándose en un cromosoma, pensó.

FiguraPasados los dos minutos detuvo el disco y despegó el esparadrapo. Los capilares, que al principio tenían un rojo uniforme en toda su longitud, mostraban ahora este tono solo en la mitad inferior. El extremo superior lo ocupaba un líquido translúcido. Había funcionado. El plasma se había separado de las células sanguíneas.

La alegría no le cabía en el pecho y lo forzaba a mantener una sonrisa juguetona en la comisura de los labios. !Podría hacer diagnósticos certeros en pleno desierto si era necesario! Llevaría siempre en su maletín un zumbador-centrifugadora, y el microscopio de papel que se fabricó él mismo gracias al ingenio de unos colegas de la universidad de Stanford, conscientes de la falta de recursos de la zona.

No veía la hora de comunicar el descubrimiento a sus compañeros. Entonces se acordó de su hijo, imaginando la cara de sorpresa de Bahru cuando viera su disco con todos los colores del arcoíris, a toda velocidad, volverse blanco. Salió del precario dispensario corriendo y de un brinco se subió a su bicicleta directo a casa.

Encontró a Bahru jugando con unas cuerdas y unas anillas, Malik le sonrió orgulloso. Mientras le pasaba la mano por la cabeza con ternura.

-Vamos, hijo, pintemos este disco de cartón que me he traído del trabajo con todos los lápices de colores que te regaló el tío. Luego haremos un zumbador con él y verás lo que ocurre.

-¡Mola! -le contestó el niño mientras daba saltitos de alegría con los puños cerrados para darse impulso y poder ser alto como su padre.

Así lo hicieron y cuando estuvo terminado, Malik se sentó a la sombra, en el taburete senufo de su abuela materna, contemplando a su hijo. Se dejó llevar por el sonido del zumbador y el regocijo de ver reflejado el escepticismo del niño al contemplar un hecho que no podía comprender. El empeño y la curiosidad del pequeño por saber por qué desaparecían los colores, le hizo prometerse que siempre estaría a su lado. Le enseñaría a hacerse las preguntas adecuadas, como buscar respuestas lo más certeras posible y aceptar la profunda ignorancia del ser humano sin sucumbir al desánimo.

Había sido un gran día, se dijo. Suspiró de pura felicidad, había esperanza para los suyos y para África.

Por si queréis saber más:

http://www.investigacionyciencia.es/noticias/la-peonza-reinventada-en-una-centrifugadora-de-bajo-coste-14904

http://es.engadget.com/2014/03/12/foldscope-microscopio-origami/

http://www.cbc.ca/news/technology/foldscope-paper-microscope-can-diagnose-malaria-costs-50-cents-1.2571660

En este texto he tenido la inestimable colaboración de José Antonio Bustelo

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El aliado

El castellano estaba amarrado con grilletes y cadenas. Tras su último intento de fuga para poner a salvo a su hermano, las medidas contra él se habían endurecido notablemente. Parte del castigo aún debía aplicarse en los siguientes días, y es que no había más remedio que repartir 2000 latigazos en varias jornadas.

Quiso el destino que un italiano renegado, recién ascendido a almirante de la flota turca, se fijara en el castellano. El almirante conocía días de gloria pero sabía lo que era la desesperación tras una adolescencia condenado a galeras. Decidió compartir parte de su fortuna con aquel preso destinado a recibir miles de azotes, así que ordenó liberarlo y se lo llevó con él a Constantinopla. Allí le contaría el ambicioso proyecto de construcción en el que se embarcaría proximamente de la mano del arquitecto más célebre del momento: Mimar Sinan.


Una vez más, @moigaren ha averiguado con la primera pista el personaje oculto de #Adivinencia4: Miguel de Cervantes. En efecto, Cervantes conoció a Kiliç Ali Pasha, quien ordenó construir en Estambul la mezquita que lleva su nombre entre 1578 y 1580. Aunque no hay pruebas concluyentes de ello, el investigador turco Rasih Nuri İleri parece haber encontrado el nombre de Miguel de Cervantes en el listado de trabajadores esclavos de la mezquita.

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Tras las huellas del cartero

El cochero del Sr. Franklin estaba acostumbrado a las extravagancias de su señor, pero esta (decía para sus adentros elevando los ojos al cielo) se lleva la palma. Invariablemente a última hora de la tarde, pedía que su carruaje estuviera listo. La primera vez que lo pidió a esa hora, Jenkins le esperaba al pie del coche con la puerta abierta. Franklin se acercó y le dijo:

—Gracias, Jenkins, pero en esta ocasión iré en el estribo.

Seguro de haber entendido mal, el cochero añadió:

—¿Perdón, señor?

—Sí, sí, que iré en el estribo.

El cochero cerró la puerta intentando disimular sus ojos de asombro. Mientras subía al pescante para coger las riendas, vio que el Sr. Franklin traía de la cochera un extraño aparato a modo de carretilla, con ruedas dentadas horizontales y verticales, y se encaramaba al estribo del carro.

—¿A dónde, señor?

—Por la ruta del cartero. A galope medio

El cochero no preguntó más. Hizo estallar el látigo jaleando a los caballos mientras el Sr. Franklin arrastraba su engendro de madera haciendo girar su gran rueda sobre el empedrado, como un niño entusiasmado que se hubiera encontrado un reluciente aro para jugar.


Solo ha sido necesaria una pista para que @moigaren averiguara el objeto oculto tras #Adivinencia3, un odómetro construido por Benjamin Franklin para optimizar los recorridos realizados en el reparto del correo.

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El observador

(pista 1)

Estaba tumbado en el suelo junto a un seto de arrayanes. El individuo, de edad avanzada y con las ropas algo raídas, parecía dormido o desmayado. El guarda del parque se percató de la presencia de aquel hombre yaciente, y suponiendo que se trataba de un borracho o un mendigo se dirigió hacia él con paso decidido.

—¡Levántese, queda usted detenido! —le espetó mientras le golpeaba levemente los pies con sus lustrosas botas.

El sujeto reaccionó con parsimonia, incorporándose poco a poco mientras daba la espalda al guarda. Una vez en pie dio media vuelta para encarar a aquel representante de la autoridad, que agitaba ante él una intimidante porra. Al instante, la expresión del guarda cambió de la indignación a la perplejidad en cuanto distinguió esa cinta roja en el ojal de la chaqueta del anciano. Guardó la porra nerviosamente mientras su rostro viraba al blanco y se fue alejando confundido entre disculpas y reverencias.

Aquel hombre se encogió de hombros, giró sobre sus talones y se tumbó de nuevo en el suelo junto al seto de arrayanes.


(pista 2)

Hacía ya mucho tiempo que lo que descubrió como afición, y por casualidad, lo atrapó irremediablemente durante toda su vida. Tanto tiempo desde que, con 19 años y su flamante título de maestro bajo el brazo, recibía su primer destino en una escuela rural de Carpentras.

El día de clase favorito de sus alumnos era cuando tocaba salir al campo con el instrumental para prácticas de topografía. Con ocasión de una de esas clases, mientras repartía las reglas de nivel entre los alumnos y nivelaba el primitivo teodolito, advirtió que algunos chavales estaban escondidos tras unas rocas. Molesto, abandonó el instrumental en el suelo y fue hacia ellos para administrarles un severo rapapolvo.

—Pero, ¿qué demonios hacéis aquí agazapados? ¿Os queréis librar de la práctica?

—¡No, profesor, no se enfade! Es que hemos encontrado un poco de miel y la estábamos probando. ¿Quiere un poco?

El profesor, con semblante de gran perplejidad, alargó la mano para alcanzar la pajita que uno de los niños le daba. Tras la roca, un pegote de barro con una serie de agujeros practicados por los golosos alumnos era la clave de aquel misterio. Imitando a sus pupilos, introdujo la pajita por un orificio y sorbió, saboreando un dulce y suave néctar.

—Hay abejas que hacen los panales con barro, profesor— le espetó uno de los chavales, sacándolo de un estado de revelación.

Aquel día marcó en su vida un antes y un después, un decisivo golpe de timón que protagonizó la abeja albañil.

(pista final)

Dos de las observaciones más famosas de nuestro personaje tienen como protagonista a la procesionaria del pino. En una ocasión, logró formar sobre el borde de una maceta un círculo cerrado de orugas procesionarias, de modo que no existía ninguna líder que dirigiera el movimiento de las demás. Las procesionarias estuvieron desplazándose en este bucle interminable, en el que cada una seguía ciegamente a la oruga que tenía delante, durante siete días sin interrupción, y hubieran continuado hasta morir de inanición, incapaces de salir de un perpetuo periplo que parece posible solo en las obras de Maurits Escher.

La segunda mención a la procesionaria forma parte de un pasaje de las más exquisitas obras de divulgación del mundo natural, capítulo en donde habla del escarabajo Carabus auratus:

Mientras escribo las primeras líneas de este capítulo estoy pensando en los mataderos de Chicago, horribles fábricas de carne donde se despedazan al año 1.400.000 vacas y 1.750.000 cerdos, que entran vivos en la máquina y salen por el otro lado convertidos en cajas de conservas, mantecas, salchichas y jamones; y pienso en ello, porque el Carabus nos va a mostrar, en cuanto a matanza, celeridad semejante.

En una jaula provista de cristales y muy amplia tengo 25 Carabus auratus. Ahora están inmóviles, agazapados bajo una tablita que les he dado para abrigo. La buena suerte me ofrece de pronto una procesión de la oruga del pino, que ha bajado del árbol buscando lugar favorable para enterrarse, preludio del capullo subterráneo. Excelente rebaño para el matadero de los Carabus.

Las meto en la caja y al instante se forma de nuevo la procesión. Entonces suelto a mis fieras; es decir, retiro la tablita. Los durmientes despiertan y se dan cuenta de la rica caza que desfila ante ellos. Toda la cuadrilla de degolladores se precipita sobre el rebaño. Mordiscos aquí y allá, las pieles hirsutas se desgarran, el contenido de entrañas verdosas se derrama. Las indemnes cavan desesperadamente para ocultarse bajo tierra. Apenas se han hundido medio cuerpo, Carabus las saca y les abre el vientre.

Si esta matanza no se ejecutase entre gente muda, tendríamos aquí los espantosos mugidos de las degollaciones de Chicago. El oído de la imaginación es el único que puede oír los aulladores lamentos de las destripadas. Ese oído lo tengo yo, y el remordimiento se apodera de mí por
haber provocado tales miserias.

En pocos minutos la procesión ha quedado convertida en salchichería de jirones palpitantes. Las orugas eran 150; los matadores son 25. Si el insecto no tuviera más quehaceres que matar indefinidamente, como los obreros de las fábricas de carne, y la cuadrilla fuese de 100 destripadores, número muy modesto con relación al de los manipuladores de jamones enrollados, el total de víctimas en una jornada de diez horas sería de 36.000. Ningún taller de Chicago ha obtenido jamás semejante rendimiento.

En sus Souvenirs Entomologiques, nos acercó de modo fascinante el mundo de los insectos. A pesar de no mostrarse favorable a la teoría de la evolución, Charles Darwin lo apodó “El observador incomparable”.


Tras la pista final, @CristinaSopena1 y @hiperionida han dado con el personaje de #Adivinencia2, el entomólogo y divulgador francés Jean Henri Fabre (1823 – 1915).

 

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Una revolución en Patología

El hecho de que las autoridades gubernamentales entornen los ojos frente a un problema, dando la espalda y dejando desamparada a la población no es un hecho infrecuente. Tampoco es algo nuevo. Las fuertes epidemias de tifus que castigaban la región de la Alta Silesia a mitad del siglo XIX  parecían no ser un problema para el gobierno regional, no así, para los médicos y voluntarios que se encontraban en la zona intentando curar, y en algunos casos paliar, a los muchos enfermos que se acumulaban en los focos de la enfermedad.

A veces, cuando el hambre y el frío que trae consigo el invierno en el centro de Europa acechaban a los más afectados, las autoridades concedían ayudas de pequeñas cuantías de dinero. Esas ínfimas sumas de dinero se concedían directamente a los afectados, no sin antes superar un óbice burocrático para firmar detallados recibos a cuenta de la retribución percibida por cada enfermo. En no pocas ocasiones, el dinero no llegaba y el Gobierno trataba de acallar la crítica de la prensa repartiendo harina en los hospitales de campaña.

En uno de esos hospitales de campaña se encontraba un joven médico de 27 años procedente de Berlin. Su padre, un humilde comerciante, le inculcó desde la infancia el interés por otras disciplinas, especialmente por las lenguas clásicas y las doctrinas humanistas. Fruto de ese humanismo que lo caracterizaba no podía evitar un constante sentimiento de desazón. El trabajo al lado de los enfermos solía ser una mezcla de un impulso motivador por resolver el problema y mejorar la calidad de vida. Por otra parte, sentía indignación por la poca atención que se prestaba a aquel problema desde las altas esferas sociales.

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Destacaba en el ejercicio de la Medicina mediante el uso del intelecto. Cuestionó algunos tratamientos que, a su juicio, no los veía necesarios o eran demasiado agresivos o cruentos, como era el caso del tratamiento de calomel abortivo, que producía intensas diarreas o el tratamiento duradero con dosis de ácido clorhídrico y otros ácidos minerales que parecían aumentar la erupción exantemática típica del tifus. El tratamiento con esos ácidos minerales podía desencadenar escorbuto. Asimismo, resultado de una observación siempre pertinaz, llegó a la conclusión de que cualquier mejora en la higiene de los enfermos o moderación en su comida estaba asociada a una mejoría notable.

Sus opiniones, siempre liberales y enérgicas, acabaron chocando con la política absolutista y marcial de Bismarck, con quien tuvo prolongados enfrentamientos. Incluso, Bismarck llegó, a retarlo a un duelo, el cual afortunadamente no se realizó. Sin embargo, su intensa actividad política y social y las confrontaciones que de ahí surgieron, hicieron que este joven médico de origen polaco cambiara de aires y marchara a Würzburg para aceptar la dirección de la que sería la primera cátedra de Patología en Alemania. Se dedicaría a la enseñanza y la investigación, donde también haría importantes aportes a la sociedad.

Siempre dotado de gran elocuencia y seguridad, su carrera académica fue prolífica. Su fama revirtió en pocos años en una multiplicación de los alumnos matriculados en estudios médicos así como nuevas cátedras tanto en Alemania como en Austria, convirtiéndose él mismo en un zar de la Medicina.

Osó poner en entredicho la teoría de Louis Pasteur, quien propugnaba que las enfermedades estaban producidas por gérmenes. Incluso, rechazó a Robert Koch cuando este fue a visitarlo para mostrarle sus sospechas de que la tuberculosis, enfermedad que mataba por aquel entonces a una de cada 7 personas, se contagiaba mediante un patógeno. Koch, desanimado, se propuso encontrar aquel microbio y, tras muchas pruebas, lo consiguió. Una noche de marzo de 1882, Koch realizó una de las disertaciones científicas más innovadoras y metodológicamente correctas de la Historia de la Medicina. El zar de la Medicina, allí presente, sólo pudo levantarse y salir de la sala, aceptando el triunfo de Koch, quien posteriormente recibiría el Premio Nobel de Medicina, en 1905, “por sus investigaciones y descubrimientos sobre la tuberculosis”. En su honor, Mycobacterium tuberculosis, la bacteria de la tuberculosis, también se conoce como “bacilo de Koch”.

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Muy celebrada es su aportación a la Teoría Celular de Matthias Schleiden y Theodor Schwann durante su estancia en Wurzburg. Afirmaba que las células no procedían de material amorfo sino que todas las células procedían de otras células (citogénesis). Perdura en el tiempo su famosa frase “Omni cellula ex cellula” (“toda célula procede de otra célula”).

Su temperamento impetuoso y muchas veces polémico fueron el motor que le llevó a convertirse no sólo en uno de los médicos más influyentes y respetados de la época, sino en un auténtico Copérnico de la Medicina. En su gran tratado “Die cellularpathologie” (“Patología celular”) expone los argumentos en favor de la teoría celular como sustrato de la enfermedad. Este compendio de 20 artículos publicados en 1858 supone el final de la teoría humoral que desde Hipócrates seguía siendo el pilar en que sustentaba la Patología. El humorismo o teoría humoral postulaba el organismo humano compuesto por cuatros sustancias (“humores”) —bilis negra, bilis, flema y sangre— equilibrados en condiciones de salud y relacionados cada uno con uno de los cuatro elementos de la Naturaleza. Las distintas enfermedades se explicaban a partir de excesos o defectos en cada uno de estos humores.

La nueva teoría desechaba está antigua creencia nacida en Grecia y Roma y considera que las enfermedades de los órganos no son sino consecuencia de enfermedades en las células que componen dicho órgano. Este nuevo modelo resulta ser una auténtica revolución copernicana, pues se sitúa a la célula no sólo como el constituyente más básico y elemental de la vida, lo cual constituye uno de los postulados principales de la Teoría Celular de Schleiden y Schwann, sino que la célula también es el constituyente más básico y elemental de la enfermedad. El conocimiento de la célula, de su normal fisiología y la observación de sus distintas alteraciones bajo el microscopio, resultó ser una nueva herramienta que permitiría el conocimiento y mejor diagnóstico de las distintas patologías, lo cual se considera el nacimiento de la Anatomía Patológica y la Patología Moderna.

Junto a Benno Reinhard, un antiguo compañero con el que trabajó en el Hospital de la Charité de Berlín, fundó la revista “Archivos de Anatomía Patológica y de Fisiología” que llegó a ser una de las más renombradas de la época, estandarizó la técnica de la autopsia para realizar exámenes anatómicos cada vez más detallados, ayudó a la comprensión de tromboembolismos que podían generar daños severos en los tejidos, incluso él mismo acuñó términos como “trombosis” o “émbolo”, que hoy día siguen usándose. Fundó las Sociedades Antropológicas de Berlín y Alemania. Fue editor de varios libros de etnología y dirigió expediciones, entre otras a Egipto y a Troya.

Su regresó a Berlin en 1956 también constituyó un regreso a la vida política. Pronto fue elegido para el Concejo de la ciudad, dando apoyo en asuntos de higiene pública, escolar y de alimentos. Fue fundador del Partido Progresista y elegido, en 1861, miembro del Parlamento prusiano, presidiendo la Comisión de Finanzas hasta el final de sus días.

Sin embargo, detrás de este hombre de carácter inquieto, decidido y revolucionario, siempre perduró una vocación moralista, humana y servicial. Se convirtió en el Padre de la Patología Moderna, pero nunca dejó de ayudar activamente en la organización de la Sanidad y el funcionamiento de los hospitales militares durante las guerras de los años 70 y 80. Allí donde empezó su andadura. Nunca permitió que las odas y los halagos ensombrecieran su verdadero tónico de voluntad.

“En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos.”

¿De quién hablamos?

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Inteligencia amarilla

A los catalanes nos vuelven locos las setas. En otoño no busquéis tranquilidad en los bosques. Pueden sorprenderte ejércitos enteros de “boletaires” en el rincón más escondido y aislado de tu paraje preferido. A mí me chiflan, me las zampo todas, sean negras, amarillas, sanguinolentas, marrones, cremas, blancas, la variedad es espectacular y la forma de cocinarlas también. Os invito a disfrazaros un día cualquiera de turista y pasearos por el mercado de la Boquería, en las Ramblas de Barcelona, vais a sorprenderos de la variedad de colores y olores de los “bolets”, si es que todavía no los conocéis.

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Este fin de semana mi tía Amalia me pidió que la acompañara por la comarca del Bergadà. Me gusta comer setas, pero no ir a buscarlas. Cedí a la excursión porque me deleita conversar con ella. Pronto me cansé sentándome bajo un precioso y robusto roble para contemplar el bosque en otoño y disfrutar del espléndido espectáculo que nos regala la naturaleza con sus colores rojizos, ocres y amarillos. Del popurrí olfativo y de los bichos, me gustan los bichos. En previsión había traído una pequeña manta, buena ropa de abrigo y un libro, como no.

Mientras observaba la cara de felicidad de mi tía, agachada introduciendo en el imprescindible cesto ovalado de mimbre unos “camagrocs” enormes, me incorpore para poder sortear una piedra que se me clavaba en mi nalga derecha. Con tan mala fortuna que, con toda la mano abierta, con la que me apoyé para cambiar de posición, chafé un hongo de color amarillo intenso, que se ramificada por la gran raíz, del imponente roble, que salía a la superficie. Era muy viscoso y olía a putrefacta humedad.

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– ! Amalia! – grité – Mira que he encontrado, ¿esto no se puede comer, verdad? – Ella ligera, nunca hay pesadez en su ánimo, se acercó con una sonrisa. -Déjame verlo de cerca – dijo, mientras se recolocaba las gafas, sobre su respingona naricilla – ¡Oh, que maravilla! es un Pysarum, y no se puede comer – ¡Que no lo he pisado!, lo aplasté con la mano, mira – Repliqué – mientras le enseñaba mi mano embadurnada con la masa informe del hongo amarillo.

– P Y S A R U M. – Deletreó para párvulos – Es un ser unicelular con una interesante inteligencia colectiva – dijo – ¿Un hongo y con inteligencia colectiva? – Interrumpí, mirándomela de reojo, con sorna.

-Bueno, no una inteligencia compleja como en la que estás pensando, pero es un ser especial en muchos sentidos – Empezó a contarme apasionadamente, mientras se sentaba a mi lado compartiendo la manta – Es unicelular y aunque lo veas tan grande y ramificado, se trata de una sola entidad celular, atravesada por tubos que transportan nutrientes y que le permiten distribuirse de esta forma tan característica. – Fíjate, parecen vasos sanguíneos.

– Una vez expandido – siguió contándome, mientras se recogía su larga y negra cabellera, para no rozar la dorada masa informe mientras se acercaba para olfatearlo – si en algún punto se encuentra con comida, por ejemplo un copo de cereal, se expande por el espacio circundante, explotando el recurso y repartiéndolo desde ese punto a otros lugares en los que también ha encontrado copos. Fíjate, en los puntos donde hay más concentración, es donde encontró algún tipo de nutriente. Aunque carece de cerebro, este organismo puede resolver algunos problemas de una complejidad notable.

Mientras escucha sus explicaciones con despierto interés, y me limpiaba la mano con un clínex que saqué de mi mochila, observaba ese informe masa ocre y me emocioné al pensar que esa “cosa”, tal vez estaba percibiendo mi piel de alguna forma primigenia.

– ¿Es eso cierto, Amalia, resuelve problemas complejos? Pon un ejemplo – Le pedí –– Veras – Siguió – No parece que tu hongo pueda ser un rival para tu PC, ¿verdad? Pues de hecho puede serlo en según qué. – Eso me pareció un poco fantasía “made in Amalia”, y me dispuse a escuchar lo que tenía que decirme.

– Supongamos que deseamos hacer un estudio detallado para crear un mapa de carreteras, de una provincia que permita comunicar de la mejor manera posible las principales ciudades a través de los caminos más cortos. Y de forma que el coste del estudio sea lo más pequeño posible. Lo primero en lo que pensaremos es que lo calcule un ordenador. Y lo que hacemos es tomar un mapa real y situar sobre este las ciudades reales que queremos unir permitiendo que el ordenador calcule el mapa de carreteras óptimo, que lo hará explorando todas y cada una de las posibles formas de conexión. Estamos de acuerdo, ¿no? – Si – Le contesté – Pues imagínate, lo que representa la búsqueda en la que se ensayan todas y cada una de las posibilidades. Tiene un alto coste y de hecho puede requerir tanto tiempo de cálculo, que no sea posible encontrar una solución razonable.

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Imágenes de Toshiyuki Nakagaki

 

 

– Si, pero ¿cómo encaja en todo esto Pysarum? – Le cuestioné – El japonés Toshiyuki Nakagaki hizo un experimento que ha dado mucho de qué hablar – siguió explicándome – Colocó, en un mapa real, una pequeña cantidad de alimento en cada “ciudad”. Emplazó al organismo en una posición central y empezó a expandirse hasta ocupar toda la superficie. Cada vez que encontraba una ciudad/nutriente, iniciaba un proceso de explotación de los recursos fluyendo a través de los tubos conectores. Cuanto más cercanas las ciudades, mayor el flujo, hasta que se formó una red de muchos canales, reforzando los que describían el camino más corto y haciendo desaparecer, los más largos. Al acabar, nuestro Pysarum dejo un conjunto de caminos estables que resultaron ser los mismos que los ingenieros humanos han diseñado a lo largo de los años, y más años, para unir ciudades en el país real. ¡Toma nota y flipa!

– Caramba, me ha encantado este descubrimiento – Le dije con una amplia sonrisa, asociando algo que descubrí en un artículo de fuente fiable – Esto me recuerda algo que leí sobre el proceso de selección de rutas en el sistema nervioso durante el desarrollo embrionario y especialmente en los primeros años de vida de un bebe. Por lo visto, al principio se construyen multitud de conexiones neuronales, pero luego, el aprendizaje recorta su número.

– Acertada analogía – me respondió – Se me ocurren otras, además del sistema circulatorio que ya mencionamos, están las comunidades de insectos como las hormigas, el sistema inmunitario, el metabolismo de las células. – O también – interrumpí – los sistemas en red creados por nosotros, como internet o la bolsa. Parece como si la naturaleza se autoorganizara en base a patrones de comportamiento para garantizar la fluidez  y eficacia de la información.

Empezaba a hacer frio y Amalia se levantó para seguir recolectando setas, no sin antes proponerme continuar la charla en casa, ante de una buena comida y bañada en un buen vino negro. El tema me fascinaba. En mi cabeza empezaron a mezclarse conceptos variopintos como fractales, complejidad, evolución, conciencia. Me propuse buscar libros que me hablaran del tema. Me levanté, guardé la manta en mi mochila y la ayudé para regresar más rápido, con los robellones que había localizado, con la intención de llegar a casa lo antes posible y seguir con la conversación.

 

Fuentes: “La lógica de los monstruos” de Ricard Solé y wikipedia

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La ciudad pensada

Al igual que San Petersburgo, la ciencia es una ciudad creada desde la más absoluta nada. En el siglo XVIII, las ciudades rusas son más pueblos que ciudades. A la vista de los visitantes, Rusia era una inmensa aldea. Por eso, San Petersburgo contrastaba aún más. La ciencia se construye como la urbe rusa, de manera geométrica, racional, basada en la observación y la experimentación, creando una realidad que cambiaría las cosas para siempre.

“Ha aparecido la geometría, […] nada en la tierra escapa a la medición”, escribe un oficial del registro de la ciudad. Esta geometría que emerge hace trescientos años en San Petersburgo, también sienta los cimientos de la ciencia en la antigua Grecia: “Que no traspase este umbral quien no sepa de geometría” rezaba la inscripción en el frontispicio de la escuela fundada por Platón en los jardines de Academos: la Academia.

La población tampoco carece de peculiaridades. En San Petersburgo los hombres eran numéricamente el doble que las mujeres. En el mundo de la ciencia esta proporción es aún más desigual: “Moscú es de género femenino; Petersburgo, masculino. Moscú está lleno de novias; Petersburgo, de novios”, decía Nikolai Gógol. Las novias de la ciencia han sido minoría en la historia no por su ausencia, sino por la ínfima fracción de ellas conocidas y reconocidas como sus homólogos varones.

En la antigüedad, la fama de Pitágoras no fue compartida por la astrónoma y matemática Theano de Crotona, alumna y posteriormente esposa de aquél, siendo la responsable del desarrollo de importantes ideas de la escuela pitagórica. La misma suerte de anonimato han sufrido desde Aglaonike (la considerada primera mujer astrónoma) e Hypatia de Alejandría (matemática y astrónoma, hija de Theon, el último director del Museo de Alejandría), hasta el “olvido” de la labor de, por ejemplo, Émilie de Breteuil que al analizar y traducir los Principia Mathematica, propagó la más importante obra de Newton por toda Europa.

Parte de la originalidad de San Petersburgo se debe a su heterogeneidad. Lo que constituye tolerancia y aire cosmopolita en la capital rusa, convierte en lugar plural y multidisciplinar a la ciencia. No sólo pueden coexistir e interrelacionarse los conocimientos de todas las ramas del saber, sino que la ciencia también supone actitud crítica y de sano escepticismo que permite utilizar la razón frente a la credulidad. La ciencia como Babel de saberes, encuentra su reflejo en la más famosa avenida de San Petersburgo. La Perspectiva Nevski (como la conocen los petersburgueses) fue definida por Alexandre Dumas como la calle de la tolerancia religiosa, pues se construyeron en ella una iglesia holandesa, una luterana, una armenia, una católica, una finlandesa, además de una mezquita, una sinagoga y un templo budista.

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Toda la literatura ambientada en la Perspectiva Nevski da también testimonio de su papel como punto de convergencia de todas las clases sociales. Era el centro de todo, el lugar de los encuentros, el escenario de toda experiencia humana. Un escenario como éste tuvo su auge durante el Renacimiento, donde la tolerancia y el encuentro entre científicos y artistas culminaron en una de las épocas más fructíferas en el avance del conocimiento. Aún hoy sorprende esta unidad de conjunto conseguida en este momento histórico por astrónomos, escultores, pintores y matemáticos, como el homogéneo resultado de San Petersburgo, creado por arquitectos venidos de todas partes.

Pasa el tiempo y el advenimiento de dos revoluciones es inevitable. En el siglo XVII, en tiempos de Newton, se encontraba en su apogeo la Revolución Científica que cuestionaba el principio de autoridad como fuente de saber. La teoría geocéntrica de Aristóteles ya había sido abandonada tras considerar el Sol, y no la Tierra, como el centro de las órbitas planetarias. La ciencia se erige como la única fuente de conocimiento verdadero, fundamentada en la observación y el pensamiento objetivo. La segunda revolución provoca que en 1918 los Soviet decidan trasladar la capital a Moscú, convirtiendo a San Petersburgo en periferia ilustrada, apartada del núcleo de Rusia, separada como acabaría estando la ciencia de las humanidades.

Pero San Petersburgo aún vivió otra escisión en mundos paralelos. En Crimen y Castigo, Dostoievski muestra cómo tras las fachadas neoclásicas se esconde la quintaesencia de la miseria rusa. San Petersburgo, la urbe en el delta del Neva, poseía un espacio público sin apenas vida pública. De igual forma, la ciencia constituiría un edificio de prestigio levantado solamente por los versados en su jerga. Una imponente arquitectura que esconde un universo social ajeno a la realidad científica. San Petersburgo era la ciudad del progreso, pero la mayoría de la sociedad estaba excluida de él.

La ciudad ordenada desordena la psique de sus habitantes. La ciencia, origen de conocimiento y avance tecnológico con una creciente influencia en la población, genera en ésta indiferencia, desconfianza y recelo. La construcción de la ciencia produce en los ciudadanos la sensación de simulacro, de decorado teatral. Es una construcción desenfocada, evanescente…

Se habla incluso del complejo narcisista de San Petersburgo: “¡Cómo se ha puesto tieso ese petimetre de San Petersburgo! Y delante de él hay espejos por todas partes: aquí el Neva, allá el golfo de Finlandia. Si se descubre una mota o una pluma, enseguida se la sacude de encima.” (Gógol). El científico, en la época del positivismo, atesora su saber como el bien más preciado, obtenido con la que considera única fuente válida de conocimiento. Por supuesto, ni se plantea rebajarse al nivel del ciudadano de a pie para que éste comprenda la relevancia de estos logros, pues supone a la ciencia como algo neutral, carente de valores, sin interacción con la cultura de la sociedad.

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Ante este panorama ha de surgir una forma de comprender la ciencia que dote de alma a lo que parece no tenerla. Es posible encontrar la belleza, antes exclusiva para el arte o la literatura, a la hora de pensar en la ciencia, de vivir la ciencia. En palabras de Wallace Stegner, “hasta que no ha tenido un poeta, un lugar no es un lugar”.

La ciencia como lugar, como ciudad pensada, necesitaba también a sus poetas. Aquellos que traducen y reconstruyen la ciencia para ser vivida, esto es, incorporada a la vida cotidiana. Aquellos que auténticamente democratizan el acceso al conocimiento para convertirlo en fuente de belleza, asombro, humildad, y origen de juicio crítico en el papel de ciudadanos. De igual forma que Gógol crea la novela de la calle urbana, donde la propia calle es la protagonista, los divulgadores científicos sitúan a la ciencia como protagonista de la calle.

Si San Petersburgo es la ciudad pensada (la ciencia construida), la Perspectiva Nevski es el escenario de la divulgación científica. Todas las clases sociales de la ciencia  (científicos, comunicadores, ciudadanos) convergen allí, donde la ciencia se construye y se reconstruye para que cualquier habitante pueda reflexionar sobre todas las cosas, desde las más cercanas hasta las que la vista no alcanza.

Como dice Samuil Marshak, “en San Petersburgo hace mucho que el Neva habla en verso”. Los lugares hablan de sus escritores y toda la ciudad es una secuencia de escenas literarias. Esto cobra una vital importancia, porque la realidad necesita de la ficción para cobrar sentido y ser más vivible. La ciencia necesita de la objetividad y el rigor para avanzar y merecer tal nombre, pero lejos de ser un contrasentido, necesita de la ficción, de lo que puede aportarle la literatura a la hora de ser comunicada. El encuentro entre ciencia y literatura hará posible que ante los ojos de los ciudadanos, la Perspectiva Nevski se muestre más hermosa.

Toda San Petersburgo surgió de la nada, del abismo del mito y la leyenda, de la mente de Pedro el Grande, materializada de modo artificial. De origen antinatural como la ciencia que, sin embargo, nos habla de la naturaleza de las cosas.


Referencia: Laura Zumín, Documents d’anàlisi geogràfica, 42, 2003, 131-156.

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