Un café histórico: Las células de Hortega.

Últimamente no sobraban las ganas de hacer nada. Varios papeles desperdigados dominaban la superficie de una mesa de madera llena de astillas en los cantos. En una esquina, una torre de libros apilados que se mantenía erguida de milagro podría hacer las veces de Jenga gigante. El salón era terreno de miles de páginas abrumadoras. El dormitorio, sin embargo, estaba colonizado por un batallón de ropa sucia que formaba una montaña e incluso ya empezaba a estar flanqueada por algunas bolas de pelusa que se iban formando en el suelo. Ya resolvería todo aquello. El pequeño estudio de Carlos era un reflejo bastante fidedigno de lo que debía haber dentro de su cabeza: desorden y hastío.

La falta de motivación y la desazón lo tenían preso sentado en el sofá. Una borrasca llevaba arreciando la ciudad los últimos tres días y, para colmo, se escuchaba algún vecino escuchaba música a gran volumen y The house of rising sun de Bob Dylan no le parecía el tipo de canción que lo pudiera animar, quizás tuviera el efecto contrario.

Se preguntaba qué fue de aquel chico de ilusión indestructible y de iniciativa inexpugnable. Ya casi no quedaba de aquello. Varios cursos de formación tras acabar la carrera, cinco meses en paro después de una ristra de trabajos en condiciones precarias, la mayoría de sus antiguos compañeros “estaban en el extranjero”, que era cómo se le solía decir a pulular de año en año por diversas empresas, universidades o instituciones fuera de las fronteras españolas buscando ocupar dos líneas más en su extenso currículum vitae

Así, el niño que veía que la sociedad y el mundo tenían posibilidades, y que esas posibilidades pasaban por la ciencia fue transmutando en el joven que ahora veía en el reflejo de un televisor plano apagado. Su facies desencajada era consecuencia de empezar a encajar muchos golpes, de empezar a entender cómo funciona el mundo de verdad. Una tarde de domingo parecía que era un momento perfecto para rendirse y dejarse llevar por la corriente, al menos hasta el lunes. Invirtió el último atisbo de energía que le quedaba para volver a vestirse, coger el paraguas y bajar a tomar un café.

El efecto hipnótico al remover la espuma del capuccino con la cucharilla siempre hacía efecto. Estaba totalmente absorto en su trabajo de la próxima semana y en todo lo que tenía en su lista de “pendiente”. Se sobresaltó cuando sintió que alguien le tocaba el hombro mientras lo saludaba.

—¡Hey, Carlos! ¿Qué tal todo? Me alegra mucho verte. Ya hacía tiempo que no sabía de ti.

—¡Rafa! —Si había una cara en el mundo que necesitara encontrar en ese mismo momento, era la de Rafa —¿Qué te cuentas? Estaba tomando un café y pensando en mis cosas…ya sabes. ¿Quieres sentarte?

—Ya te he visto que estabas muy concentrado—dijo mientras ya había cogido la silla para sentarse y levantaba la mano para pedir algo. —Y cuéntame, ¿qué te ronda la cabeza?

Carlos sintió vergüenza y juraría que sus mejillas lo estaban delatando en ese mismo momento pero tampoco le importaba mucho. Hacía tiempo que Rafa dejó de estar en su lista de antiguos compañeros para convertirse en un gran amigo. Solían quedar de vez en cuando para tomar un café, recordar viejos tiempos y arreglar el mundo (que falta le hacía). Siempre guardaba buen recuerdo de aquellos ratos y, sobre todo, siempre aprendía algo. Eso era lo mejor. Decidió hablar sin tapujos.

—Pues mira…llevo un tiempo que estoy un poco “de bajón”. La ciencia en España está medio moribunda. Y esta vez no me refiero a la situación política, económica y todo eso. Me refiero a algo más personal… ¿te acuerdas de Irene?

—Irene… mmm… ¿Irene Torres? ¿La que hizo Químicas? Estaba en Bélgica, ¿no?

—Bueno, ya no está en Bélgica. Ahora está en Estados Unidos, haciendo una estancia… ¡en el CalTech! —Exclamó con la emoción que le embargaba siempre que se acordaba de algo relacionado con Feynman.— Resulta que el otro día estuve hablando con ella por videoconferencia y me estuvo contando maravillada todo lo que estaba viviendo en Pasadena.

—¿Te imaginas lo que sería estudiar y trabajar en el mismo lugar donde han trabajado Linus Pauling o Murray Gell-Mann? Si esas paredes pudieran hablar…las historias que escucharíamos serían de lo más revelador…— empezó a soñar en voz alta Rafa.

—A eso exactamente me refiero. ¿Qué hay del patrimonio español en Ciencia? ¿Qué tiene el CalTech que no tenga, por ejemplo, Valladolid? ¿Realmente valemos menos? Veo una diferencia abismal entre España y otros países desarrollados en temas de Ciencia. No tenemos Historia de Ciencia Española. Es realmente desmotivador. —la voz quebrada era signo de un derrumbe interno que Rafa supo interpretar al instante.

—¿Sabes una cosa, Carlos? Eso mismo pensaba yo hace un tiempo. Y aunque no parezca importante, es cierto que resulta de lo más descorazonador. Pero… tengo una teoría —dijo con tono interesante como si fuera a sacar un conejo de la chistera—. Tenemos mucha historia, y desde luego mucha más de la que tú y yo sabemos.

Rafa se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de la silla. Se acomodó un poco las mangas de la camisa. Un hilo de atención surgió en Carlos, que entendió que aquel gesto podía ser el preludio de una de esas historias de cafetería que tanto disfrutaba. Escuchaba atentamente a su amigo.

—Veámoslo desde un punto de vista más positivo. Imagina que haya más patrimonio científico del que conocemos. Es mucho más emocionante descubrir esas historias en libros con el tiempo. ¿Has oído alguna vez hablar de la microglia?

—¿Microqué?

—La microglía son un conjunto de células del organismo que, a su vez, pertenece a un conjunto más amplio llamado neuroglia. La neuroglia está compuesta por distintos tipos de células que forman parte del tejido nervioso pero no son neuronas. Se encuentran entre las neuronas y realizan funciones auxiliares.

—Espera… espera un momento. —De repente estaba aturullado. No lograba entender como su amigo licenciado en Derecho sabía aquellas cosas, jamás había escuchado aquello de la neuroglia. —¿A qué te refieres con eso de funciones auxiliares?

La mirada cómplice de Rafa demostraba que, una vez más, había entendido la situación. Debía ir más despacio.

—El tejido nervioso está formado por distintos tipos de células. El tipo celular más famoso e importante son las neuronas, las células que se encargan de crear pulsos eléctricos y transmitirlos a otras neuronas. Las neuronas están conectadas unas con otras a través de sinapsis de manera que forman una estructura similar a una red. La famosa red neuronal —dijo con tono de broma mientras imitaba el acento de Punset.

Carlos miraba fijamente a su interlocutor. No estaba dispuesto a perder un detalle ahora que tenía la situación bajo control.

—Sin embargo, como te decía antes, las neuronas no son las únicas células del tejido nervioso. Existen otros tipos de células cuya función es ayudar (o auxiliar) a las neuronas para que puedan cumplir de forma adecuada su función. Me refiero por ejemplo a nutrirlas, defenderlas de agresores externos o aislarlas de otro tipo de células. A eso me refería con funciones auxiliares. Y ese grupo de células auxiliares de las neuronas se les llama neuroglia. La microglía son unas de las células de la neuroglia.

—Ajam…vale, lo entiendo pero… ¿a qué viene todo esto, Rafa? —pregunto desconcertado.

—Tranquilo, ¿no querrás que desvele el misterio antes de tiempo verdad? La microglía son las células que se encargan de defender a las neuronas del sistema nervioso central, es decir, el encéfalo (cerebro y cerebelo) y la médula espinal. Las células de la microglía tienen su origen en la médula ósea, al igual que todas las células de la sangre y se encuentran entre las neuronas. Cuando entran en contacto con algún posible agresor, como pueden ser bacterias o sustancias tóxicas, se activan rápidamente y lo fagocitan, es decir, aíslan al agresor introduciéndolo dentro de una vesícula membranosa y lo digieren mediante enzimas hidrolíticas y proteolíticas. Son algo parecido a los macrófagos, pero dentro del sistema nervioso central.

—¡Aahhh! Me recuerda a aquellas tanquetas con ruedas que iban comiéndose toda la basura en “Érase una vez el cuerpo humano” y lo mantenían todo limpio.

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Izquierda: Microfotografía de células de microglía (células de Hortega). Centro: Dibujo ilustrativo de la microglía como células pequeñas con múltiples prolongaciones (dendritas) ramificadas. Derecha: Macrófagos en la serie “Érase una vez el cuerpo humano”.

—Exacto. Aquellas tanquetas eran macrófagos, células que hacían fagocitosis. Las células microgliales cumplen esa misma función y, además, son mucho más sensibles que los macrófagos del resto del cuerpo. Ten en cuenta que todo el sistema nervioso central está protegido por la “barrera hemato-encefálica”, un filtro que se localiza entre el tejido nervioso y los vasos sanguíneos que irrigan ese tejido. Esta barrera impide que cualquier célula o agente extraño que pueda circular por la sangre, penetre en el tejido cerebral. Por tanto, las células de la microglía, junto con la barrera hemato-encefálica, cumplen una función de defensa de órganos tan importantes como el cerebro, el cerebelo y la médula espinal. Es por ello que se trata de células muy polivalentes. Una vez que han contactado con un posible agresor, además de fagocitarlo, se encargan de organizar una respuesta inmunitaria para luchar contra ese agresor.

—Me parece fascinante lo que me cuentas. Y además, parece que estas células de la microglía cumplen una función muy importante…y no había escuchado su nombre nunca. —respondía maravillado.

—Pues las células de la microglía fueron descritas por Pio del Rio Hortega, un médico e investigador de Valladolid de principios de siglo XX. De hecho, las células microgliales también se llaman “células de Hortega”.

— ¿En serio? ¿Hay unas células que llevan el nombre de un médico español y no lo sabemos?

—No sólo eso. Hay muy pocas personalidades que den nombre a una célula. El hecho de que no sea popular, no significa que no sea importante. Pio del Rio Hortega llegó a ser presidente de Real Sociedad de Historia Natural y, en 1928, fue también nombrado jefe de la Sección de Investigación del Instituto Nacional del Cáncer, el cual llegó a dirigir años más tarde. Fue uno de los discípulos más renombrados de Ramón y Cajal. Tras el estallido de la Guerra Civil se exilió a París. Allí trabajó en el servicio de neurocirugía del Hospital de la Pitié. También fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford, que actualmente sigue siendo una de las mejores universidades del mundo.

Hacía unos segundos que un Carlos enmudecido estaba abrumado por la relevancia del personaje. Dejó que su amigo siguiera.

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Pío del Rio Hortega (1882-1945)

—Hortega, además, destacó en el campo de la Histología llegando incluso a desarrollar nuevas técnicas como el método de carbonato de plata amoniacal, que le sirvieron para estudiar más en detalle las células del tejido nervioso, ampliando los conocimientos que había disponibles hasta la fecha. Incluso estuvo nominado al Premio Nobel de Medicina y Fisiología en dos ocasiones (1929 y 1934).

En ese momento se dio cuenta de que la expresión de Carlos debía ser muy parecida a su propia cara en el momento en que leyó aquella historia en un libro unas semanas atrás. Una sensación de incredulidad e indignación dominaba su mente. España no era tierra yerma de ilustres personalidades. Teníamos patrimonio histórico de primera calidad en Ciencia, sólo había que desenterrarlo del olvido. Eso le recordó que había olvidado la hora que era y, como tantas veces, ya llegaba tarde.

—Carlos, he de irme que tengo que acabar una entrega para mañana. Espero tomarme otro café contigo pronto, con un poco más de tiempo— dijo Rafa apurado mientras se terminaba de recolocar las mangas de su chaqueta.

—¡Uy! Es tarde. Yo sí que tengo que hacer cosas, y voy a empezar esta misma tarde. —sintió una vez más que un café, aunque fuera descafeinado, le había insuflado una dosis de ilusión que andaba necesitando. Vio de reojo a aquel niño que echaba de menos.

Se despidieron y Carlos llegó a casa dispuesto a arreglar aquel desorden de su pequeño estudio. Su mente totalmente despejada se puso a devorar páginas de internet. No sólo redescubrió la obra de Hortega. Ya estaba deseando que llegara el próximo café para sorprender a Rafa con otra ilustre española, la bióloga e investigadora Josefina Castellví.

Ahora sobraban las ganas. Después de todo “no existen cuestiones agotadas, sino hombres agotados en las cuestiones”, y eso siempre tiene solución.

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Acerca de Miguel Ángel Martín

Amante de la Divulgación Científica en general y de la Biomedicina y la Astronomía en particular. La Ciencia y su divulgación me han atraído desde muy joven. Admiro leer todo lo que cae en mis manos (libros, blogs, artículos,…) y aspiro a aportar mi granito de arena a la causa divulgativa. La Ciencia y los científicos constituyen una auténtica Atlántida, una civilización subterránea llena de tesoros de incalculable valor. La Divulgación y los divulgadores excavan y tratan de aflorar esos tesoros a la superficie para el conocimiento, gozo y disfrute del resto de mortales. Siempre me gusta tener a mano mi pico y mi pala.
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2 respuestas a Un café histórico: Las células de Hortega.

  1. Cristina Sopena dijo:

    Me ha gustado mucho, mucho, Miguel Angel. Es importamte hacer visibles a todos esos cientificos y científicas, que este pais a permitido que cayeran en el olvido. Gracias

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