La ciudad pensada

Al igual que San Petersburgo, la ciencia es una ciudad creada desde la más absoluta nada. En el siglo XVIII, las ciudades rusas son más pueblos que ciudades. A la vista de los visitantes, Rusia era una inmensa aldea. Por eso, San Petersburgo contrastaba aún más. La ciencia se construye como la urbe rusa, de manera geométrica, racional, basada en la observación y la experimentación, creando una realidad que cambiaría las cosas para siempre.

“Ha aparecido la geometría, […] nada en la tierra escapa a la medición”, escribe un oficial del registro de la ciudad. Esta geometría que emerge hace trescientos años en San Petersburgo, también sienta los cimientos de la ciencia en la antigua Grecia: “Que no traspase este umbral quien no sepa de geometría” rezaba la inscripción en el frontispicio de la escuela fundada por Platón en los jardines de Academos: la Academia.

La población tampoco carece de peculiaridades. En San Petersburgo los hombres eran numéricamente el doble que las mujeres. En el mundo de la ciencia esta proporción es aún más desigual: “Moscú es de género femenino; Petersburgo, masculino. Moscú está lleno de novias; Petersburgo, de novios”, decía Nikolai Gógol. Las novias de la ciencia han sido minoría en la historia no por su ausencia, sino por la ínfima fracción de ellas conocidas y reconocidas como sus homólogos varones.

En la antigüedad, la fama de Pitágoras no fue compartida por la astrónoma y matemática Theano de Crotona, alumna y posteriormente esposa de aquél, siendo la responsable del desarrollo de importantes ideas de la escuela pitagórica. La misma suerte de anonimato han sufrido desde Aglaonike (la considerada primera mujer astrónoma) e Hypatia de Alejandría (matemática y astrónoma, hija de Theon, el último director del Museo de Alejandría), hasta el “olvido” de la labor de, por ejemplo, Émilie de Breteuil que al analizar y traducir los Principia Mathematica, propagó la más importante obra de Newton por toda Europa.

Parte de la originalidad de San Petersburgo se debe a su heterogeneidad. Lo que constituye tolerancia y aire cosmopolita en la capital rusa, convierte en lugar plural y multidisciplinar a la ciencia. No sólo pueden coexistir e interrelacionarse los conocimientos de todas las ramas del saber, sino que la ciencia también supone actitud crítica y de sano escepticismo que permite utilizar la razón frente a la credulidad. La ciencia como Babel de saberes, encuentra su reflejo en la más famosa avenida de San Petersburgo. La Perspectiva Nevski (como la conocen los petersburgueses) fue definida por Alexandre Dumas como la calle de la tolerancia religiosa, pues se construyeron en ella una iglesia holandesa, una luterana, una armenia, una católica, una finlandesa, además de una mezquita, una sinagoga y un templo budista.

nevski

Toda la literatura ambientada en la Perspectiva Nevski da también testimonio de su papel como punto de convergencia de todas las clases sociales. Era el centro de todo, el lugar de los encuentros, el escenario de toda experiencia humana. Un escenario como éste tuvo su auge durante el Renacimiento, donde la tolerancia y el encuentro entre científicos y artistas culminaron en una de las épocas más fructíferas en el avance del conocimiento. Aún hoy sorprende esta unidad de conjunto conseguida en este momento histórico por astrónomos, escultores, pintores y matemáticos, como el homogéneo resultado de San Petersburgo, creado por arquitectos venidos de todas partes.

Pasa el tiempo y el advenimiento de dos revoluciones es inevitable. En el siglo XVII, en tiempos de Newton, se encontraba en su apogeo la Revolución Científica que cuestionaba el principio de autoridad como fuente de saber. La teoría geocéntrica de Aristóteles ya había sido abandonada tras considerar el Sol, y no la Tierra, como el centro de las órbitas planetarias. La ciencia se erige como la única fuente de conocimiento verdadero, fundamentada en la observación y el pensamiento objetivo. La segunda revolución provoca que en 1918 los Soviet decidan trasladar la capital a Moscú, convirtiendo a San Petersburgo en periferia ilustrada, apartada del núcleo de Rusia, separada como acabaría estando la ciencia de las humanidades.

Pero San Petersburgo aún vivió otra escisión en mundos paralelos. En Crimen y Castigo, Dostoievski muestra cómo tras las fachadas neoclásicas se esconde la quintaesencia de la miseria rusa. San Petersburgo, la urbe en el delta del Neva, poseía un espacio público sin apenas vida pública. De igual forma, la ciencia constituiría un edificio de prestigio levantado solamente por los versados en su jerga. Una imponente arquitectura que esconde un universo social ajeno a la realidad científica. San Petersburgo era la ciudad del progreso, pero la mayoría de la sociedad estaba excluida de él.

La ciudad ordenada desordena la psique de sus habitantes. La ciencia, origen de conocimiento y avance tecnológico con una creciente influencia en la población, genera en ésta indiferencia, desconfianza y recelo. La construcción de la ciencia produce en los ciudadanos la sensación de simulacro, de decorado teatral. Es una construcción desenfocada, evanescente…

Se habla incluso del complejo narcisista de San Petersburgo: “¡Cómo se ha puesto tieso ese petimetre de San Petersburgo! Y delante de él hay espejos por todas partes: aquí el Neva, allá el golfo de Finlandia. Si se descubre una mota o una pluma, enseguida se la sacude de encima.” (Gógol). El científico, en la época del positivismo, atesora su saber como el bien más preciado, obtenido con la que considera única fuente válida de conocimiento. Por supuesto, ni se plantea rebajarse al nivel del ciudadano de a pie para que éste comprenda la relevancia de estos logros, pues supone a la ciencia como algo neutral, carente de valores, sin interacción con la cultura de la sociedad.

san-petersburgo

Ante este panorama ha de surgir una forma de comprender la ciencia que dote de alma a lo que parece no tenerla. Es posible encontrar la belleza, antes exclusiva para el arte o la literatura, a la hora de pensar en la ciencia, de vivir la ciencia. En palabras de Wallace Stegner, “hasta que no ha tenido un poeta, un lugar no es un lugar”.

La ciencia como lugar, como ciudad pensada, necesitaba también a sus poetas. Aquellos que traducen y reconstruyen la ciencia para ser vivida, esto es, incorporada a la vida cotidiana. Aquellos que auténticamente democratizan el acceso al conocimiento para convertirlo en fuente de belleza, asombro, humildad, y origen de juicio crítico en el papel de ciudadanos. De igual forma que Gógol crea la novela de la calle urbana, donde la propia calle es la protagonista, los divulgadores científicos sitúan a la ciencia como protagonista de la calle.

Si San Petersburgo es la ciudad pensada (la ciencia construida), la Perspectiva Nevski es el escenario de la divulgación científica. Todas las clases sociales de la ciencia  (científicos, comunicadores, ciudadanos) convergen allí, donde la ciencia se construye y se reconstruye para que cualquier habitante pueda reflexionar sobre todas las cosas, desde las más cercanas hasta las que la vista no alcanza.

Como dice Samuil Marshak, “en San Petersburgo hace mucho que el Neva habla en verso”. Los lugares hablan de sus escritores y toda la ciudad es una secuencia de escenas literarias. Esto cobra una vital importancia, porque la realidad necesita de la ficción para cobrar sentido y ser más vivible. La ciencia necesita de la objetividad y el rigor para avanzar y merecer tal nombre, pero lejos de ser un contrasentido, necesita de la ficción, de lo que puede aportarle la literatura a la hora de ser comunicada. El encuentro entre ciencia y literatura hará posible que ante los ojos de los ciudadanos, la Perspectiva Nevski se muestre más hermosa.

Toda San Petersburgo surgió de la nada, del abismo del mito y la leyenda, de la mente de Pedro el Grande, materializada de modo artificial. De origen antinatural como la ciencia que, sin embargo, nos habla de la naturaleza de las cosas.


Referencia: Laura Zumín, Documents d’anàlisi geogràfica, 42, 2003, 131-156.

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Acerca de José Antonio Bustelo

Ingeniero agrónomo y divulgador científico. Premio Prisma a la Divulgación 2004 y director de la Escuela de Literatura Científica Creativa.
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2 respuestas a La ciudad pensada

  1. Realmente sublime!! Enhorabuena!! He disfrutado muchísimo leyéndolo.

  2. ununcuadio dijo:

    ¡Qué grande! Con lo enamorada (platónicamente, ya que no la conozco) que estoy de San Petersburgo a través de sus escritores como Dostoievsky y Gogol…, un placer seguir el recorrido por la divulgación de la ciencia

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