Una revolución en Patología

El hecho de que las autoridades gubernamentales entornen los ojos frente a un problema, dando la espalda y dejando desamparada a la población no es un hecho infrecuente. Tampoco es algo nuevo. Las fuertes epidemias de tifus que castigaban la región de la Alta Silesia a mitad del siglo XIX  parecían no ser un problema para el gobierno regional, no así, para los médicos y voluntarios que se encontraban en la zona intentando curar, y en algunos casos paliar, a los muchos enfermos que se acumulaban en los focos de la enfermedad.

A veces, cuando el hambre y el frío que trae consigo el invierno en el centro de Europa acechaban a los más afectados, las autoridades concedían ayudas de pequeñas cuantías de dinero. Esas ínfimas sumas de dinero se concedían directamente a los afectados, no sin antes superar un óbice burocrático para firmar detallados recibos a cuenta de la retribución percibida por cada enfermo. En no pocas ocasiones, el dinero no llegaba y el Gobierno trataba de acallar la crítica de la prensa repartiendo harina en los hospitales de campaña.

En uno de esos hospitales de campaña se encontraba un joven médico de 27 años procedente de Berlin. Su padre, un humilde comerciante, le inculcó desde la infancia el interés por otras disciplinas, especialmente por las lenguas clásicas y las doctrinas humanistas. Fruto de ese humanismo que lo caracterizaba no podía evitar un constante sentimiento de desazón. El trabajo al lado de los enfermos solía ser una mezcla de un impulso motivador por resolver el problema y mejorar la calidad de vida. Por otra parte, sentía indignación por la poca atención que se prestaba a aquel problema desde las altas esferas sociales.

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Destacaba en el ejercicio de la Medicina mediante el uso del intelecto. Cuestionó algunos tratamientos que, a su juicio, no los veía necesarios o eran demasiado agresivos o cruentos, como era el caso del tratamiento de calomel abortivo, que producía intensas diarreas o el tratamiento duradero con dosis de ácido clorhídrico y otros ácidos minerales que parecían aumentar la erupción exantemática típica del tifus. El tratamiento con esos ácidos minerales podía desencadenar escorbuto. Asimismo, resultado de una observación siempre pertinaz, llegó a la conclusión de que cualquier mejora en la higiene de los enfermos o moderación en su comida estaba asociada a una mejoría notable.

Sus opiniones, siempre liberales y enérgicas, acabaron chocando con la política absolutista y marcial de Bismarck, con quien tuvo prolongados enfrentamientos. Incluso, Bismarck llegó, a retarlo a un duelo, el cual afortunadamente no se realizó. Sin embargo, su intensa actividad política y social y las confrontaciones que de ahí surgieron, hicieron que este joven médico de origen polaco cambiara de aires y marchara a Würzburg para aceptar la dirección de la que sería la primera cátedra de Patología en Alemania. Se dedicaría a la enseñanza y la investigación, donde también haría importantes aportes a la sociedad.

Siempre dotado de gran elocuencia y seguridad, su carrera académica fue prolífica. Su fama revirtió en pocos años en una multiplicación de los alumnos matriculados en estudios médicos así como nuevas cátedras tanto en Alemania como en Austria, convirtiéndose él mismo en un zar de la Medicina.

Osó poner en entredicho la teoría de Louis Pasteur, quien propugnaba que las enfermedades estaban producidas por gérmenes. Incluso, rechazó a Robert Koch cuando este fue a visitarlo para mostrarle sus sospechas de que la tuberculosis, enfermedad que mataba por aquel entonces a una de cada 7 personas, se contagiaba mediante un patógeno. Koch, desanimado, se propuso encontrar aquel microbio y, tras muchas pruebas, lo consiguió. Una noche de marzo de 1882, Koch realizó una de las disertaciones científicas más innovadoras y metodológicamente correctas de la Historia de la Medicina. El zar de la Medicina, allí presente, sólo pudo levantarse y salir de la sala, aceptando el triunfo de Koch, quien posteriormente recibiría el Premio Nobel de Medicina, en 1905, “por sus investigaciones y descubrimientos sobre la tuberculosis”. En su honor, Mycobacterium tuberculosis, la bacteria de la tuberculosis, también se conoce como “bacilo de Koch”.

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Muy celebrada es su aportación a la Teoría Celular de Matthias Schleiden y Theodor Schwann durante su estancia en Wurzburg. Afirmaba que las células no procedían de material amorfo sino que todas las células procedían de otras células (citogénesis). Perdura en el tiempo su famosa frase “Omni cellula ex cellula” (“toda célula procede de otra célula”).

Su temperamento impetuoso y muchas veces polémico fueron el motor que le llevó a convertirse no sólo en uno de los médicos más influyentes y respetados de la época, sino en un auténtico Copérnico de la Medicina. En su gran tratado “Die cellularpathologie” (“Patología celular”) expone los argumentos en favor de la teoría celular como sustrato de la enfermedad. Este compendio de 20 artículos publicados en 1858 supone el final de la teoría humoral que desde Hipócrates seguía siendo el pilar en que sustentaba la Patología. El humorismo o teoría humoral postulaba el organismo humano compuesto por cuatros sustancias (“humores”) —bilis negra, bilis, flema y sangre— equilibrados en condiciones de salud y relacionados cada uno con uno de los cuatro elementos de la Naturaleza. Las distintas enfermedades se explicaban a partir de excesos o defectos en cada uno de estos humores.

La nueva teoría desechaba está antigua creencia nacida en Grecia y Roma y considera que las enfermedades de los órganos no son sino consecuencia de enfermedades en las células que componen dicho órgano. Este nuevo modelo resulta ser una auténtica revolución copernicana, pues se sitúa a la célula no sólo como el constituyente más básico y elemental de la vida, lo cual constituye uno de los postulados principales de la Teoría Celular de Schleiden y Schwann, sino que la célula también es el constituyente más básico y elemental de la enfermedad. El conocimiento de la célula, de su normal fisiología y la observación de sus distintas alteraciones bajo el microscopio, resultó ser una nueva herramienta que permitiría el conocimiento y mejor diagnóstico de las distintas patologías, lo cual se considera el nacimiento de la Anatomía Patológica y la Patología Moderna.

Junto a Benno Reinhard, un antiguo compañero con el que trabajó en el Hospital de la Charité de Berlín, fundó la revista “Archivos de Anatomía Patológica y de Fisiología” que llegó a ser una de las más renombradas de la época, estandarizó la técnica de la autopsia para realizar exámenes anatómicos cada vez más detallados, ayudó a la comprensión de tromboembolismos que podían generar daños severos en los tejidos, incluso él mismo acuñó términos como “trombosis” o “émbolo”, que hoy día siguen usándose. Fundó las Sociedades Antropológicas de Berlín y Alemania. Fue editor de varios libros de etnología y dirigió expediciones, entre otras a Egipto y a Troya.

Su regresó a Berlin en 1956 también constituyó un regreso a la vida política. Pronto fue elegido para el Concejo de la ciudad, dando apoyo en asuntos de higiene pública, escolar y de alimentos. Fue fundador del Partido Progresista y elegido, en 1861, miembro del Parlamento prusiano, presidiendo la Comisión de Finanzas hasta el final de sus días.

Sin embargo, detrás de este hombre de carácter inquieto, decidido y revolucionario, siempre perduró una vocación moralista, humana y servicial. Se convirtió en el Padre de la Patología Moderna, pero nunca dejó de ayudar activamente en la organización de la Sanidad y el funcionamiento de los hospitales militares durante las guerras de los años 70 y 80. Allí donde empezó su andadura. Nunca permitió que las odas y los halagos ensombrecieran su verdadero tónico de voluntad.

“En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos.”

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Acerca de Miguel Ángel Martín

Amante de la Divulgación Científica en general y de la Biomedicina y la Astronomía en particular. La Ciencia y su divulgación me han atraído desde muy joven. Admiro leer todo lo que cae en mis manos (libros, blogs, artículos,…) y aspiro a aportar mi granito de arena a la causa divulgativa. La Ciencia y los científicos constituyen una auténtica Atlántida, una civilización subterránea llena de tesoros de incalculable valor. La Divulgación y los divulgadores excavan y tratan de aflorar esos tesoros a la superficie para el conocimiento, gozo y disfrute del resto de mortales. Siempre me gusta tener a mano mi pico y mi pala.
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2 respuestas a Una revolución en Patología

  1. Cristina Sopena dijo:

    Me ha gustado muchísimo, Miguel Angel!!
    Creo que ya se de quien se trata. Pero guardare el secreto, de momento. 😉

    Me gusta

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