El zumbador

i0404[1]Lo ha sabido siempre, abril es el mes más caluroso. Pero ya no recordaba cómo afecta al ímpetu los cuarenta grados a la sombra. El cuerpo se vuelve tremendamente pesado imponiendo movimientos lentos. Una buena estrategia evolutiva de ahorro energético, pero muy molesta. Solo apetece tumbarse y esperar a que llegue la noche, cuando el sol ya se ha retirado. Y entonces sales a la calle a sentarte y escuchar historias en cualquier grupo de gente del mercado nocturno. Malik es médico, no puede hacer eso, se le necesita y lo solicitan más de lo que sería deseado.

Desde que terminó su carrera en París y volvió a su tierra, no ha dejado de atender urgencias de todo tipo, partos, infecciones, diarreas, resfriados, gripes, hasta mediador entre familiares enfrentados. Un médico, en África occidental, es más un chico para todo que un especialista. Pero a él no le importa, le gusta su profesión y disfruta del contacto con la gente, no en vano es africano. En Mali, como en toda África subsahariana, nunca se está solo, siempre se está rodeado de gente, integrado en el grupo, inmerso en la gran familia africana.

Por las noches no duerme, no es el calor, lo que le preocupa es la falta de recursos. Cada día cuando necesita abrir su maletín se desmorona al constatar su vacuidad. Ha visto mucho dolor, dolor que se podría atenuar con un simple paracetamol. ¿Os imagináis tener que orinar un cálculo renal sin ningún tipo de analgésico?

Pero lo más abrumador es la angustia que siente al ver morir de malaria a un infante por falta de un diagnóstico precoz. No tiene forma de hacer un análisis de sangre fiable en lugares remotos donde las personas viven sin ningún tipo de infraestructuras como carreteras o electricidad. Enfermedad, que no solo mata y destroza las vidas de los familiares, sino la oportunidad de progresar a regiones enteras. El paludismo está asociado con la pobreza y es también una causa de pobreza y un obstáculo importante para el desarrollo económico de los países que la sufren.

Los síntomas de la malaria se asemejan a las de la gripe, fiebre alta, dolores musculares, óseos y debilidad. Se pueden confundir fácilmente, también, con un fuerte resfriado, una gastroenteritis, una tifoidea o a otras fiebres virales. Así la fiebre y otros síntomas similares a la malaria necesitan una cuidadosa evaluación para diagnosticar correctamente y prescribir el tratamiento apropiado para cada dolencia. Para ello ha de extraerse una muestra de sangre del paciente, que habrá que centrifugar para separar el plasma y luego examinar bajo un microscopio y poder detectar el parásito. Ni siquiera en el hospital de Bamako, donde trabaja, dispone de material en condiciones.

blogNo puede dejar de pensar en una idea, tal vez absurda, pero que vale la pena probar. Hace un par de días, mientras esperaba sentado bajo un baobab, a que le repararan el coche en un tenderete de carretera, se entretuvo observando a unos críos jugando. Uno de ellos se había dormido sobre una estera de paja a la sombra de una pared de adobe. Los otros dos excitados por la idea de la travesura conspiraban con algo que llevaban en la mano. Esforzándose distinguió que cada uno de ellos llevaba un botón atado con unas cuerdas, que su mente asoció rápidamente con un zumbador, habitante de las escenas de su niñez. Los niños se acercaron sigilosamente al que descansaba y mientras uno le zumbaba al oído, el otro dejó que el botón y las cuerdas se liaran con el cabello de su compañero para salir corriendo entre carcajadas. El pobre infeliz se levantó asustado convencido que un enorme abejorro se había embrollado en su cabeza.

— ¡Cáspita! ¿A cuántas revoluciones debe girar el botón? —se preguntó.

Cuando regresó a casa esa tarde estaba decidido a experimentar y comprobarlo. Sacó del desván la caja de los trastos inservibles, se sentó en el suelo y comenzó a buscar materiales para fabricarse su propio zumbador. Intrigado, se asomó por la puerta Bahru, su hijo de 6 años.

— ¿Qué haces, papi?

— Quiero construir un juguete de cuando yo era niño. ¿Me ayudas?

— Vale —respondió Bahru dispuesto para la acción.

La caja de cachivaches pronto les recompensó con lo necesario. Una pequeña tapadera de plástico, a modo de disco, y un cordel que parecía lo bastante largo. Con la ayuda de un maltrecho punzón, Malik perforó dos agujeros en el centro del disco y se lo dio a Bahru para que enhebrara en ellos el cordel. Solo restaba anudar los extremos de la cuerda no sin antes añadir un par de argollas, rescatadas de unos viejos llaveros. El médico apretó bien los nudos y, tras un rápido vistazo al artilugio, se lo entregó a su hijo.

El pequeño, como si lo hubiera hecho toda su vida, introdujo sus pulgares en las argollas y comenzó a tensar y aflojar alternativamente el cordel, con tirones breves y rápidos. A medida que el disco adquiría velocidad, los tirones eran más largos y espaciados. El zumbador no tardó en hacer honor a su nombre, comenzando a emitir un ronco silbido intermitente que iluminó la sonrisa de Bahru.

image_4566Al día siguiente, Malik se llevó el zumbador al hospital. Su hijo se lo permitió bajo la promesa de que construirían uno para él, que decoraría con los colores del arcoíris. Se dirigió a la diminuta habitación que servía de laboratorio y rellenó dos finos capilares de cristal con una de las primeras muestras de sangre que extrajo durante la mañana. Pegó los capilares al disco del zumbador con esparadrapo, en posiciones diametralmente opuestas para que el giro fuera equilibrado. Respiró hondo y tensó las cuerdas. El disco aceleró hasta emitir ese familiar ronroneo.

Decidió que lo mantendría en funcionamiento durante al menos dos minutos, y mientras tensaba y destensaba rítmicamente se concentró en el modo en que el cordel se enrollaba. Mientras aflojaba la tensión, adoptaba forma helicoidal que rápidamente se empaquetaba y amontonaba de manera irregular. Un comportamiento caprichosamente similar al de una hebra de ADN enrollándose y empaquetándose en un cromosoma, pensó.

FiguraPasados los dos minutos detuvo el disco y despegó el esparadrapo. Los capilares, que al principio tenían un rojo uniforme en toda su longitud, mostraban ahora este tono solo en la mitad inferior. El extremo superior lo ocupaba un líquido translúcido. Había funcionado. El plasma se había separado de las células sanguíneas.

La alegría no le cabía en el pecho y lo forzaba a mantener una sonrisa juguetona en la comisura de los labios. !Podría hacer diagnósticos certeros en pleno desierto si era necesario! Llevaría siempre en su maletín un zumbador-centrifugadora, y el microscopio de papel que se fabricó él mismo gracias al ingenio de unos colegas de la universidad de Stanford, conscientes de la falta de recursos de la zona.

No veía la hora de comunicar el descubrimiento a sus compañeros. Entonces se acordó de su hijo, imaginando la cara de sorpresa de Bahru cuando viera su disco con todos los colores del arcoíris, a toda velocidad, volverse blanco. Salió del precario dispensario corriendo y de un brinco se subió a su bicicleta directo a casa.

Encontró a Bahru jugando con unas cuerdas y unas anillas, Malik le sonrió orgulloso. Mientras le pasaba la mano por la cabeza con ternura.

-Vamos, hijo, pintemos este disco de cartón que me he traído del trabajo con todos los lápices de colores que te regaló el tío. Luego haremos un zumbador con él y verás lo que ocurre.

-¡Mola! -le contestó el niño mientras daba saltitos de alegría con los puños cerrados para darse impulso y poder ser alto como su padre.

Así lo hicieron y cuando estuvo terminado, Malik se sentó a la sombra, en el taburete senufo de su abuela materna, contemplando a su hijo. Se dejó llevar por el sonido del zumbador y el regocijo de ver reflejado el escepticismo del niño al contemplar un hecho que no podía comprender. El empeño y la curiosidad del pequeño por saber por qué desaparecían los colores, le hizo prometerse que siempre estaría a su lado. Le enseñaría a hacerse las preguntas adecuadas, como buscar respuestas lo más certeras posible y aceptar la profunda ignorancia del ser humano sin sucumbir al desánimo.

Había sido un gran día, se dijo. Suspiró de pura felicidad, había esperanza para los suyos y para África.

Por si queréis saber más:

http://www.investigacionyciencia.es/noticias/la-peonza-reinventada-en-una-centrifugadora-de-bajo-coste-14904

http://es.engadget.com/2014/03/12/foldscope-microscopio-origami/

http://www.cbc.ca/news/technology/foldscope-paper-microscope-can-diagnose-malaria-costs-50-cents-1.2571660

En este texto he tenido la inestimable colaboración de José Antonio Bustelo

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Acerca de Cristina Sopena

No comprendí lo que era la evolución hasta que cayo en mis manos el libro de Stephen Jay Gould "La vida maravillosa". Desde entonces no he podido dejar de leer sobre ciencia, convirtiéndose en mi mayor pasión.
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3 respuestas a El zumbador

  1. Miguel Angel dijo:

    Me ha encantado. Un relato lleno de ternura y simpatía a la vez que transmite un mensaje claro de amor por la ciencia y motivación a seguir nuestros objetivos aunque el entorno lo ponga difícil. Enhorabuena Cristina. Un relato de 10.

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  2. Excel·lent descripció d’un relat amb el paral·lisme entre una emotiva història en un entorn ple de dificultats i la ciència aplicada a pesar de les precarietats existents.
    Aviat tindrem un recull per fer un primer llibre Cristina. Ánims. Tu ho vals!

    Me gusta

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