El observador

(pista 1)

Estaba tumbado en el suelo junto a un seto de arrayanes. El individuo, de edad avanzada y con las ropas algo raídas, parecía dormido o desmayado. El guarda del parque se percató de la presencia de aquel hombre yaciente, y suponiendo que se trataba de un borracho o un mendigo se dirigió hacia él con paso decidido.

—¡Levántese, queda usted detenido! —le espetó mientras le golpeaba levemente los pies con sus lustrosas botas.

El sujeto reaccionó con parsimonia, incorporándose poco a poco mientras daba la espalda al guarda. Una vez en pie dio media vuelta para encarar a aquel representante de la autoridad, que agitaba ante él una intimidante porra. Al instante, la expresión del guarda cambió de la indignación a la perplejidad en cuanto distinguió esa cinta roja en el ojal de la chaqueta del anciano. Guardó la porra nerviosamente mientras su rostro viraba al blanco y se fue alejando confundido entre disculpas y reverencias.

Aquel hombre se encogió de hombros, giró sobre sus talones y se tumbó de nuevo en el suelo junto al seto de arrayanes.


(pista 2)

Hacía ya mucho tiempo que lo que descubrió como afición, y por casualidad, lo atrapó irremediablemente durante toda su vida. Tanto tiempo desde que, con 19 años y su flamante título de maestro bajo el brazo, recibía su primer destino en una escuela rural de Carpentras.

El día de clase favorito de sus alumnos era cuando tocaba salir al campo con el instrumental para prácticas de topografía. Con ocasión de una de esas clases, mientras repartía las reglas de nivel entre los alumnos y nivelaba el primitivo teodolito, advirtió que algunos chavales estaban escondidos tras unas rocas. Molesto, abandonó el instrumental en el suelo y fue hacia ellos para administrarles un severo rapapolvo.

—Pero, ¿qué demonios hacéis aquí agazapados? ¿Os queréis librar de la práctica?

—¡No, profesor, no se enfade! Es que hemos encontrado un poco de miel y la estábamos probando. ¿Quiere un poco?

El profesor, con semblante de gran perplejidad, alargó la mano para alcanzar la pajita que uno de los niños le daba. Tras la roca, un pegote de barro con una serie de agujeros practicados por los golosos alumnos era la clave de aquel misterio. Imitando a sus pupilos, introdujo la pajita por un orificio y sorbió, saboreando un dulce y suave néctar.

—Hay abejas que hacen los panales con barro, profesor— le espetó uno de los chavales, sacándolo de un estado de revelación.

Aquel día marcó en su vida un antes y un después, un decisivo golpe de timón que protagonizó la abeja albañil.

(pista final)

Dos de las observaciones más famosas de nuestro personaje tienen como protagonista a la procesionaria del pino. En una ocasión, logró formar sobre el borde de una maceta un círculo cerrado de orugas procesionarias, de modo que no existía ninguna líder que dirigiera el movimiento de las demás. Las procesionarias estuvieron desplazándose en este bucle interminable, en el que cada una seguía ciegamente a la oruga que tenía delante, durante siete días sin interrupción, y hubieran continuado hasta morir de inanición, incapaces de salir de un perpetuo periplo que parece posible solo en las obras de Maurits Escher.

La segunda mención a la procesionaria forma parte de un pasaje de las más exquisitas obras de divulgación del mundo natural, capítulo en donde habla del escarabajo Carabus auratus:

Mientras escribo las primeras líneas de este capítulo estoy pensando en los mataderos de Chicago, horribles fábricas de carne donde se despedazan al año 1.400.000 vacas y 1.750.000 cerdos, que entran vivos en la máquina y salen por el otro lado convertidos en cajas de conservas, mantecas, salchichas y jamones; y pienso en ello, porque el Carabus nos va a mostrar, en cuanto a matanza, celeridad semejante.

En una jaula provista de cristales y muy amplia tengo 25 Carabus auratus. Ahora están inmóviles, agazapados bajo una tablita que les he dado para abrigo. La buena suerte me ofrece de pronto una procesión de la oruga del pino, que ha bajado del árbol buscando lugar favorable para enterrarse, preludio del capullo subterráneo. Excelente rebaño para el matadero de los Carabus.

Las meto en la caja y al instante se forma de nuevo la procesión. Entonces suelto a mis fieras; es decir, retiro la tablita. Los durmientes despiertan y se dan cuenta de la rica caza que desfila ante ellos. Toda la cuadrilla de degolladores se precipita sobre el rebaño. Mordiscos aquí y allá, las pieles hirsutas se desgarran, el contenido de entrañas verdosas se derrama. Las indemnes cavan desesperadamente para ocultarse bajo tierra. Apenas se han hundido medio cuerpo, Carabus las saca y les abre el vientre.

Si esta matanza no se ejecutase entre gente muda, tendríamos aquí los espantosos mugidos de las degollaciones de Chicago. El oído de la imaginación es el único que puede oír los aulladores lamentos de las destripadas. Ese oído lo tengo yo, y el remordimiento se apodera de mí por
haber provocado tales miserias.

En pocos minutos la procesión ha quedado convertida en salchichería de jirones palpitantes. Las orugas eran 150; los matadores son 25. Si el insecto no tuviera más quehaceres que matar indefinidamente, como los obreros de las fábricas de carne, y la cuadrilla fuese de 100 destripadores, número muy modesto con relación al de los manipuladores de jamones enrollados, el total de víctimas en una jornada de diez horas sería de 36.000. Ningún taller de Chicago ha obtenido jamás semejante rendimiento.

En sus Souvenirs Entomologiques, nos acercó de modo fascinante el mundo de los insectos. A pesar de no mostrarse favorable a la teoría de la evolución, Charles Darwin lo apodó “El observador incomparable”.


Tras la pista final, @CristinaSopena1 y @hiperionida han dado con el personaje de #Adivinencia2, el entomólogo y divulgador francés Jean Henri Fabre (1823 – 1915).

 

Anuncios
Publicado en Sin categoría | 1 Comentario

Una revolución en Patología

El hecho de que las autoridades gubernamentales entornen los ojos frente a un problema, dando la espalda y dejando desamparada a la población no es un hecho infrecuente. Tampoco es algo nuevo. Las fuertes epidemias de tifus que castigaban la región de la Alta Silesia a mitad del siglo XIX  parecían no ser un problema para el gobierno regional, no así, para los médicos y voluntarios que se encontraban en la zona intentando curar, y en algunos casos paliar, a los muchos enfermos que se acumulaban en los focos de la enfermedad.

A veces, cuando el hambre y el frío que trae consigo el invierno en el centro de Europa acechaban a los más afectados, las autoridades concedían ayudas de pequeñas cuantías de dinero. Esas ínfimas sumas de dinero se concedían directamente a los afectados, no sin antes superar un óbice burocrático para firmar detallados recibos a cuenta de la retribución percibida por cada enfermo. En no pocas ocasiones, el dinero no llegaba y el Gobierno trataba de acallar la crítica de la prensa repartiendo harina en los hospitales de campaña.

En uno de esos hospitales de campaña se encontraba un joven médico de 27 años procedente de Berlin. Su padre, un humilde comerciante, le inculcó desde la infancia el interés por otras disciplinas, especialmente por las lenguas clásicas y las doctrinas humanistas. Fruto de ese humanismo que lo caracterizaba no podía evitar un constante sentimiento de desazón. El trabajo al lado de los enfermos solía ser una mezcla de un impulso motivador por resolver el problema y mejorar la calidad de vida. Por otra parte, sentía indignación por la poca atención que se prestaba a aquel problema desde las altas esferas sociales.

75e

Destacaba en el ejercicio de la Medicina mediante el uso del intelecto. Cuestionó algunos tratamientos que, a su juicio, no los veía necesarios o eran demasiado agresivos o cruentos, como era el caso del tratamiento de calomel abortivo, que producía intensas diarreas o el tratamiento duradero con dosis de ácido clorhídrico y otros ácidos minerales que parecían aumentar la erupción exantemática típica del tifus. El tratamiento con esos ácidos minerales podía desencadenar escorbuto. Asimismo, resultado de una observación siempre pertinaz, llegó a la conclusión de que cualquier mejora en la higiene de los enfermos o moderación en su comida estaba asociada a una mejoría notable.

Sus opiniones, siempre liberales y enérgicas, acabaron chocando con la política absolutista y marcial de Bismarck, con quien tuvo prolongados enfrentamientos. Incluso, Bismarck llegó, a retarlo a un duelo, el cual afortunadamente no se realizó. Sin embargo, su intensa actividad política y social y las confrontaciones que de ahí surgieron, hicieron que este joven médico de origen polaco cambiara de aires y marchara a Würzburg para aceptar la dirección de la que sería la primera cátedra de Patología en Alemania. Se dedicaría a la enseñanza y la investigación, donde también haría importantes aportes a la sociedad.

Siempre dotado de gran elocuencia y seguridad, su carrera académica fue prolífica. Su fama revirtió en pocos años en una multiplicación de los alumnos matriculados en estudios médicos así como nuevas cátedras tanto en Alemania como en Austria, convirtiéndose él mismo en un zar de la Medicina.

Osó poner en entredicho la teoría de Louis Pasteur, quien propugnaba que las enfermedades estaban producidas por gérmenes. Incluso, rechazó a Robert Koch cuando este fue a visitarlo para mostrarle sus sospechas de que la tuberculosis, enfermedad que mataba por aquel entonces a una de cada 7 personas, se contagiaba mediante un patógeno. Koch, desanimado, se propuso encontrar aquel microbio y, tras muchas pruebas, lo consiguió. Una noche de marzo de 1882, Koch realizó una de las disertaciones científicas más innovadoras y metodológicamente correctas de la Historia de la Medicina. El zar de la Medicina, allí presente, sólo pudo levantarse y salir de la sala, aceptando el triunfo de Koch, quien posteriormente recibiría el Premio Nobel de Medicina, en 1905, “por sus investigaciones y descubrimientos sobre la tuberculosis”. En su honor, Mycobacterium tuberculosis, la bacteria de la tuberculosis, también se conoce como “bacilo de Koch”.

koch

Muy celebrada es su aportación a la Teoría Celular de Matthias Schleiden y Theodor Schwann durante su estancia en Wurzburg. Afirmaba que las células no procedían de material amorfo sino que todas las células procedían de otras células (citogénesis). Perdura en el tiempo su famosa frase “Omni cellula ex cellula” (“toda célula procede de otra célula”).

Su temperamento impetuoso y muchas veces polémico fueron el motor que le llevó a convertirse no sólo en uno de los médicos más influyentes y respetados de la época, sino en un auténtico Copérnico de la Medicina. En su gran tratado “Die cellularpathologie” (“Patología celular”) expone los argumentos en favor de la teoría celular como sustrato de la enfermedad. Este compendio de 20 artículos publicados en 1858 supone el final de la teoría humoral que desde Hipócrates seguía siendo el pilar en que sustentaba la Patología. El humorismo o teoría humoral postulaba el organismo humano compuesto por cuatros sustancias (“humores”) —bilis negra, bilis, flema y sangre— equilibrados en condiciones de salud y relacionados cada uno con uno de los cuatro elementos de la Naturaleza. Las distintas enfermedades se explicaban a partir de excesos o defectos en cada uno de estos humores.

La nueva teoría desechaba está antigua creencia nacida en Grecia y Roma y considera que las enfermedades de los órganos no son sino consecuencia de enfermedades en las células que componen dicho órgano. Este nuevo modelo resulta ser una auténtica revolución copernicana, pues se sitúa a la célula no sólo como el constituyente más básico y elemental de la vida, lo cual constituye uno de los postulados principales de la Teoría Celular de Schleiden y Schwann, sino que la célula también es el constituyente más básico y elemental de la enfermedad. El conocimiento de la célula, de su normal fisiología y la observación de sus distintas alteraciones bajo el microscopio, resultó ser una nueva herramienta que permitiría el conocimiento y mejor diagnóstico de las distintas patologías, lo cual se considera el nacimiento de la Anatomía Patológica y la Patología Moderna.

Junto a Benno Reinhard, un antiguo compañero con el que trabajó en el Hospital de la Charité de Berlín, fundó la revista “Archivos de Anatomía Patológica y de Fisiología” que llegó a ser una de las más renombradas de la época, estandarizó la técnica de la autopsia para realizar exámenes anatómicos cada vez más detallados, ayudó a la comprensión de tromboembolismos que podían generar daños severos en los tejidos, incluso él mismo acuñó términos como “trombosis” o “émbolo”, que hoy día siguen usándose. Fundó las Sociedades Antropológicas de Berlín y Alemania. Fue editor de varios libros de etnología y dirigió expediciones, entre otras a Egipto y a Troya.

Su regresó a Berlin en 1956 también constituyó un regreso a la vida política. Pronto fue elegido para el Concejo de la ciudad, dando apoyo en asuntos de higiene pública, escolar y de alimentos. Fue fundador del Partido Progresista y elegido, en 1861, miembro del Parlamento prusiano, presidiendo la Comisión de Finanzas hasta el final de sus días.

Sin embargo, detrás de este hombre de carácter inquieto, decidido y revolucionario, siempre perduró una vocación moralista, humana y servicial. Se convirtió en el Padre de la Patología Moderna, pero nunca dejó de ayudar activamente en la organización de la Sanidad y el funcionamiento de los hospitales militares durante las guerras de los años 70 y 80. Allí donde empezó su andadura. Nunca permitió que las odas y los halagos ensombrecieran su verdadero tónico de voluntad.

“En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos.”

¿De quién hablamos?

who_is_who

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios

Inteligencia amarilla

A los catalanes nos vuelven locos las setas. En otoño no busquéis tranquilidad en los bosques. Pueden sorprenderte ejércitos enteros de “boletaires” en el rincón más escondido y aislado de tu paraje preferido. A mí me chiflan, me las zampo todas, sean negras, amarillas, sanguinolentas, marrones, cremas, blancas, la variedad es espectacular y la forma de cocinarlas también. Os invito a disfrazaros un día cualquiera de turista y pasearos por el mercado de la Boquería, en las Ramblas de Barcelona, vais a sorprenderos de la variedad de colores y olores de los “bolets”, si es que todavía no los conocéis.

physarum-polycephalum

Este fin de semana mi tía Amalia me pidió que la acompañara por la comarca del Bergadà. Me gusta comer setas, pero no ir a buscarlas. Cedí a la excursión porque me deleita conversar con ella. Pronto me cansé sentándome bajo un precioso y robusto roble para contemplar el bosque en otoño y disfrutar del espléndido espectáculo que nos regala la naturaleza con sus colores rojizos, ocres y amarillos. Del popurrí olfativo y de los bichos, me gustan los bichos. En previsión había traído una pequeña manta, buena ropa de abrigo y un libro, como no.

Mientras observaba la cara de felicidad de mi tía, agachada introduciendo en el imprescindible cesto ovalado de mimbre unos “camagrocs” enormes, me incorpore para poder sortear una piedra que se me clavaba en mi nalga derecha. Con tan mala fortuna que, con toda la mano abierta, con la que me apoyé para cambiar de posición, chafé un hongo de color amarillo intenso, que se ramificada por la gran raíz, del imponente roble, que salía a la superficie. Era muy viscoso y olía a putrefacta humedad.

slime_mold_240242

– ! Amalia! – grité – Mira que he encontrado, ¿esto no se puede comer, verdad? – Ella ligera, nunca hay pesadez en su ánimo, se acercó con una sonrisa. -Déjame verlo de cerca – dijo, mientras se recolocaba las gafas, sobre su respingona naricilla – ¡Oh, que maravilla! es un Pysarum, y no se puede comer – ¡Que no lo he pisado!, lo aplasté con la mano, mira – Repliqué – mientras le enseñaba mi mano embadurnada con la masa informe del hongo amarillo.

– P Y S A R U M. – Deletreó para párvulos – Es un ser unicelular con una interesante inteligencia colectiva – dijo – ¿Un hongo y con inteligencia colectiva? – Interrumpí, mirándomela de reojo, con sorna.

-Bueno, no una inteligencia compleja como en la que estás pensando, pero es un ser especial en muchos sentidos – Empezó a contarme apasionadamente, mientras se sentaba a mi lado compartiendo la manta – Es unicelular y aunque lo veas tan grande y ramificado, se trata de una sola entidad celular, atravesada por tubos que transportan nutrientes y que le permiten distribuirse de esta forma tan característica. – Fíjate, parecen vasos sanguíneos.

– Una vez expandido – siguió contándome, mientras se recogía su larga y negra cabellera, para no rozar la dorada masa informe mientras se acercaba para olfatearlo – si en algún punto se encuentra con comida, por ejemplo un copo de cereal, se expande por el espacio circundante, explotando el recurso y repartiéndolo desde ese punto a otros lugares en los que también ha encontrado copos. Fíjate, en los puntos donde hay más concentración, es donde encontró algún tipo de nutriente. Aunque carece de cerebro, este organismo puede resolver algunos problemas de una complejidad notable.

Mientras escucha sus explicaciones con despierto interés, y me limpiaba la mano con un clínex que saqué de mi mochila, observaba ese informe masa ocre y me emocioné al pensar que esa “cosa”, tal vez estaba percibiendo mi piel de alguna forma primigenia.

– ¿Es eso cierto, Amalia, resuelve problemas complejos? Pon un ejemplo – Le pedí –– Veras – Siguió – No parece que tu hongo pueda ser un rival para tu PC, ¿verdad? Pues de hecho puede serlo en según qué. – Eso me pareció un poco fantasía “made in Amalia”, y me dispuse a escuchar lo que tenía que decirme.

– Supongamos que deseamos hacer un estudio detallado para crear un mapa de carreteras, de una provincia que permita comunicar de la mejor manera posible las principales ciudades a través de los caminos más cortos. Y de forma que el coste del estudio sea lo más pequeño posible. Lo primero en lo que pensaremos es que lo calcule un ordenador. Y lo que hacemos es tomar un mapa real y situar sobre este las ciudades reales que queremos unir permitiendo que el ordenador calcule el mapa de carreteras óptimo, que lo hará explorando todas y cada una de las posibles formas de conexión. Estamos de acuerdo, ¿no? – Si – Le contesté – Pues imagínate, lo que representa la búsqueda en la que se ensayan todas y cada una de las posibilidades. Tiene un alto coste y de hecho puede requerir tanto tiempo de cálculo, que no sea posible encontrar una solución razonable.

100121-slime-02

Imágenes de Toshiyuki Nakagaki

 

 

– Si, pero ¿cómo encaja en todo esto Pysarum? – Le cuestioné – El japonés Toshiyuki Nakagaki hizo un experimento que ha dado mucho de qué hablar – siguió explicándome – Colocó, en un mapa real, una pequeña cantidad de alimento en cada “ciudad”. Emplazó al organismo en una posición central y empezó a expandirse hasta ocupar toda la superficie. Cada vez que encontraba una ciudad/nutriente, iniciaba un proceso de explotación de los recursos fluyendo a través de los tubos conectores. Cuanto más cercanas las ciudades, mayor el flujo, hasta que se formó una red de muchos canales, reforzando los que describían el camino más corto y haciendo desaparecer, los más largos. Al acabar, nuestro Pysarum dejo un conjunto de caminos estables que resultaron ser los mismos que los ingenieros humanos han diseñado a lo largo de los años, y más años, para unir ciudades en el país real. ¡Toma nota y flipa!

– Caramba, me ha encantado este descubrimiento – Le dije con una amplia sonrisa, asociando algo que descubrí en un artículo de fuente fiable – Esto me recuerda algo que leí sobre el proceso de selección de rutas en el sistema nervioso durante el desarrollo embrionario y especialmente en los primeros años de vida de un bebe. Por lo visto, al principio se construyen multitud de conexiones neuronales, pero luego, el aprendizaje recorta su número.

– Acertada analogía – me respondió – Se me ocurren otras, además del sistema circulatorio que ya mencionamos, están las comunidades de insectos como las hormigas, el sistema inmunitario, el metabolismo de las células. – O también – interrumpí – los sistemas en red creados por nosotros, como internet o la bolsa. Parece como si la naturaleza se autoorganizara en base a patrones de comportamiento para garantizar la fluidez  y eficacia de la información.

Empezaba a hacer frio y Amalia se levantó para seguir recolectando setas, no sin antes proponerme continuar la charla en casa, ante de una buena comida y bañada en un buen vino negro. El tema me fascinaba. En mi cabeza empezaron a mezclarse conceptos variopintos como fractales, complejidad, evolución, conciencia. Me propuse buscar libros que me hablaran del tema. Me levanté, guardé la manta en mi mochila y la ayudé para regresar más rápido, con los robellones que había localizado, con la intención de llegar a casa lo antes posible y seguir con la conversación.

 

Fuentes: “La lógica de los monstruos” de Ricard Solé y wikipedia

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | 6 comentarios

La ciudad pensada

Al igual que San Petersburgo, la ciencia es una ciudad creada desde la más absoluta nada. En el siglo XVIII, las ciudades rusas son más pueblos que ciudades. A la vista de los visitantes, Rusia era una inmensa aldea. Por eso, San Petersburgo contrastaba aún más. La ciencia se construye como la urbe rusa, de manera geométrica, racional, basada en la observación y la experimentación, creando una realidad que cambiaría las cosas para siempre.

“Ha aparecido la geometría, […] nada en la tierra escapa a la medición”, escribe un oficial del registro de la ciudad. Esta geometría que emerge hace trescientos años en San Petersburgo, también sienta los cimientos de la ciencia en la antigua Grecia: “Que no traspase este umbral quien no sepa de geometría” rezaba la inscripción en el frontispicio de la escuela fundada por Platón en los jardines de Academos: la Academia.

La población tampoco carece de peculiaridades. En San Petersburgo los hombres eran numéricamente el doble que las mujeres. En el mundo de la ciencia esta proporción es aún más desigual: “Moscú es de género femenino; Petersburgo, masculino. Moscú está lleno de novias; Petersburgo, de novios”, decía Nikolai Gógol. Las novias de la ciencia han sido minoría en la historia no por su ausencia, sino por la ínfima fracción de ellas conocidas y reconocidas como sus homólogos varones.

En la antigüedad, la fama de Pitágoras no fue compartida por la astrónoma y matemática Theano de Crotona, alumna y posteriormente esposa de aquél, siendo la responsable del desarrollo de importantes ideas de la escuela pitagórica. La misma suerte de anonimato han sufrido desde Aglaonike (la considerada primera mujer astrónoma) e Hypatia de Alejandría (matemática y astrónoma, hija de Theon, el último director del Museo de Alejandría), hasta el “olvido” de la labor de, por ejemplo, Émilie de Breteuil que al analizar y traducir los Principia Mathematica, propagó la más importante obra de Newton por toda Europa.

Parte de la originalidad de San Petersburgo se debe a su heterogeneidad. Lo que constituye tolerancia y aire cosmopolita en la capital rusa, convierte en lugar plural y multidisciplinar a la ciencia. No sólo pueden coexistir e interrelacionarse los conocimientos de todas las ramas del saber, sino que la ciencia también supone actitud crítica y de sano escepticismo que permite utilizar la razón frente a la credulidad. La ciencia como Babel de saberes, encuentra su reflejo en la más famosa avenida de San Petersburgo. La Perspectiva Nevski (como la conocen los petersburgueses) fue definida por Alexandre Dumas como la calle de la tolerancia religiosa, pues se construyeron en ella una iglesia holandesa, una luterana, una armenia, una católica, una finlandesa, además de una mezquita, una sinagoga y un templo budista.

nevski

Toda la literatura ambientada en la Perspectiva Nevski da también testimonio de su papel como punto de convergencia de todas las clases sociales. Era el centro de todo, el lugar de los encuentros, el escenario de toda experiencia humana. Un escenario como éste tuvo su auge durante el Renacimiento, donde la tolerancia y el encuentro entre científicos y artistas culminaron en una de las épocas más fructíferas en el avance del conocimiento. Aún hoy sorprende esta unidad de conjunto conseguida en este momento histórico por astrónomos, escultores, pintores y matemáticos, como el homogéneo resultado de San Petersburgo, creado por arquitectos venidos de todas partes.

Pasa el tiempo y el advenimiento de dos revoluciones es inevitable. En el siglo XVII, en tiempos de Newton, se encontraba en su apogeo la Revolución Científica que cuestionaba el principio de autoridad como fuente de saber. La teoría geocéntrica de Aristóteles ya había sido abandonada tras considerar el Sol, y no la Tierra, como el centro de las órbitas planetarias. La ciencia se erige como la única fuente de conocimiento verdadero, fundamentada en la observación y el pensamiento objetivo. La segunda revolución provoca que en 1918 los Soviet decidan trasladar la capital a Moscú, convirtiendo a San Petersburgo en periferia ilustrada, apartada del núcleo de Rusia, separada como acabaría estando la ciencia de las humanidades.

Pero San Petersburgo aún vivió otra escisión en mundos paralelos. En Crimen y Castigo, Dostoievski muestra cómo tras las fachadas neoclásicas se esconde la quintaesencia de la miseria rusa. San Petersburgo, la urbe en el delta del Neva, poseía un espacio público sin apenas vida pública. De igual forma, la ciencia constituiría un edificio de prestigio levantado solamente por los versados en su jerga. Una imponente arquitectura que esconde un universo social ajeno a la realidad científica. San Petersburgo era la ciudad del progreso, pero la mayoría de la sociedad estaba excluida de él.

La ciudad ordenada desordena la psique de sus habitantes. La ciencia, origen de conocimiento y avance tecnológico con una creciente influencia en la población, genera en ésta indiferencia, desconfianza y recelo. La construcción de la ciencia produce en los ciudadanos la sensación de simulacro, de decorado teatral. Es una construcción desenfocada, evanescente…

Se habla incluso del complejo narcisista de San Petersburgo: “¡Cómo se ha puesto tieso ese petimetre de San Petersburgo! Y delante de él hay espejos por todas partes: aquí el Neva, allá el golfo de Finlandia. Si se descubre una mota o una pluma, enseguida se la sacude de encima.” (Gógol). El científico, en la época del positivismo, atesora su saber como el bien más preciado, obtenido con la que considera única fuente válida de conocimiento. Por supuesto, ni se plantea rebajarse al nivel del ciudadano de a pie para que éste comprenda la relevancia de estos logros, pues supone a la ciencia como algo neutral, carente de valores, sin interacción con la cultura de la sociedad.

san-petersburgo

Ante este panorama ha de surgir una forma de comprender la ciencia que dote de alma a lo que parece no tenerla. Es posible encontrar la belleza, antes exclusiva para el arte o la literatura, a la hora de pensar en la ciencia, de vivir la ciencia. En palabras de Wallace Stegner, “hasta que no ha tenido un poeta, un lugar no es un lugar”.

La ciencia como lugar, como ciudad pensada, necesitaba también a sus poetas. Aquellos que traducen y reconstruyen la ciencia para ser vivida, esto es, incorporada a la vida cotidiana. Aquellos que auténticamente democratizan el acceso al conocimiento para convertirlo en fuente de belleza, asombro, humildad, y origen de juicio crítico en el papel de ciudadanos. De igual forma que Gógol crea la novela de la calle urbana, donde la propia calle es la protagonista, los divulgadores científicos sitúan a la ciencia como protagonista de la calle.

Si San Petersburgo es la ciudad pensada (la ciencia construida), la Perspectiva Nevski es el escenario de la divulgación científica. Todas las clases sociales de la ciencia  (científicos, comunicadores, ciudadanos) convergen allí, donde la ciencia se construye y se reconstruye para que cualquier habitante pueda reflexionar sobre todas las cosas, desde las más cercanas hasta las que la vista no alcanza.

Como dice Samuil Marshak, “en San Petersburgo hace mucho que el Neva habla en verso”. Los lugares hablan de sus escritores y toda la ciudad es una secuencia de escenas literarias. Esto cobra una vital importancia, porque la realidad necesita de la ficción para cobrar sentido y ser más vivible. La ciencia necesita de la objetividad y el rigor para avanzar y merecer tal nombre, pero lejos de ser un contrasentido, necesita de la ficción, de lo que puede aportarle la literatura a la hora de ser comunicada. El encuentro entre ciencia y literatura hará posible que ante los ojos de los ciudadanos, la Perspectiva Nevski se muestre más hermosa.

Toda San Petersburgo surgió de la nada, del abismo del mito y la leyenda, de la mente de Pedro el Grande, materializada de modo artificial. De origen antinatural como la ciencia que, sin embargo, nos habla de la naturaleza de las cosas.


Referencia: Laura Zumín, Documents d’anàlisi geogràfica, 42, 2003, 131-156.

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios

Un café histórico: Las células de Hortega.

Últimamente no sobraban las ganas de hacer nada. Varios papeles desperdigados dominaban la superficie de una mesa de madera llena de astillas en los cantos. En una esquina, una torre de libros apilados que se mantenía erguida de milagro podría hacer las veces de Jenga gigante. El salón era terreno de miles de páginas abrumadoras. El dormitorio, sin embargo, estaba colonizado por un batallón de ropa sucia que formaba una montaña e incluso ya empezaba a estar flanqueada por algunas bolas de pelusa que se iban formando en el suelo. Ya resolvería todo aquello. El pequeño estudio de Carlos era un reflejo bastante fidedigno de lo que debía haber dentro de su cabeza: desorden y hastío.

La falta de motivación y la desazón lo tenían preso sentado en el sofá. Una borrasca llevaba arreciando la ciudad los últimos tres días y, para colmo, se escuchaba algún vecino escuchaba música a gran volumen y The house of rising sun de Bob Dylan no le parecía el tipo de canción que lo pudiera animar, quizás tuviera el efecto contrario.

Se preguntaba qué fue de aquel chico de ilusión indestructible y de iniciativa inexpugnable. Ya casi no quedaba de aquello. Varios cursos de formación tras acabar la carrera, cinco meses en paro después de una ristra de trabajos en condiciones precarias, la mayoría de sus antiguos compañeros “estaban en el extranjero”, que era cómo se le solía decir a pulular de año en año por diversas empresas, universidades o instituciones fuera de las fronteras españolas buscando ocupar dos líneas más en su extenso currículum vitae

Así, el niño que veía que la sociedad y el mundo tenían posibilidades, y que esas posibilidades pasaban por la ciencia fue transmutando en el joven que ahora veía en el reflejo de un televisor plano apagado. Su facies desencajada era consecuencia de empezar a encajar muchos golpes, de empezar a entender cómo funciona el mundo de verdad. Una tarde de domingo parecía que era un momento perfecto para rendirse y dejarse llevar por la corriente, al menos hasta el lunes. Invirtió el último atisbo de energía que le quedaba para volver a vestirse, coger el paraguas y bajar a tomar un café.

El efecto hipnótico al remover la espuma del capuccino con la cucharilla siempre hacía efecto. Estaba totalmente absorto en su trabajo de la próxima semana y en todo lo que tenía en su lista de “pendiente”. Se sobresaltó cuando sintió que alguien le tocaba el hombro mientras lo saludaba.

—¡Hey, Carlos! ¿Qué tal todo? Me alegra mucho verte. Ya hacía tiempo que no sabía de ti.

—¡Rafa! —Si había una cara en el mundo que necesitara encontrar en ese mismo momento, era la de Rafa —¿Qué te cuentas? Estaba tomando un café y pensando en mis cosas…ya sabes. ¿Quieres sentarte?

—Ya te he visto que estabas muy concentrado—dijo mientras ya había cogido la silla para sentarse y levantaba la mano para pedir algo. —Y cuéntame, ¿qué te ronda la cabeza?

Carlos sintió vergüenza y juraría que sus mejillas lo estaban delatando en ese mismo momento pero tampoco le importaba mucho. Hacía tiempo que Rafa dejó de estar en su lista de antiguos compañeros para convertirse en un gran amigo. Solían quedar de vez en cuando para tomar un café, recordar viejos tiempos y arreglar el mundo (que falta le hacía). Siempre guardaba buen recuerdo de aquellos ratos y, sobre todo, siempre aprendía algo. Eso era lo mejor. Decidió hablar sin tapujos.

—Pues mira…llevo un tiempo que estoy un poco “de bajón”. La ciencia en España está medio moribunda. Y esta vez no me refiero a la situación política, económica y todo eso. Me refiero a algo más personal… ¿te acuerdas de Irene?

—Irene… mmm… ¿Irene Torres? ¿La que hizo Químicas? Estaba en Bélgica, ¿no?

—Bueno, ya no está en Bélgica. Ahora está en Estados Unidos, haciendo una estancia… ¡en el CalTech! —Exclamó con la emoción que le embargaba siempre que se acordaba de algo relacionado con Feynman.— Resulta que el otro día estuve hablando con ella por videoconferencia y me estuvo contando maravillada todo lo que estaba viviendo en Pasadena.

—¿Te imaginas lo que sería estudiar y trabajar en el mismo lugar donde han trabajado Linus Pauling o Murray Gell-Mann? Si esas paredes pudieran hablar…las historias que escucharíamos serían de lo más revelador…— empezó a soñar en voz alta Rafa.

—A eso exactamente me refiero. ¿Qué hay del patrimonio español en Ciencia? ¿Qué tiene el CalTech que no tenga, por ejemplo, Valladolid? ¿Realmente valemos menos? Veo una diferencia abismal entre España y otros países desarrollados en temas de Ciencia. No tenemos Historia de Ciencia Española. Es realmente desmotivador. —la voz quebrada era signo de un derrumbe interno que Rafa supo interpretar al instante.

—¿Sabes una cosa, Carlos? Eso mismo pensaba yo hace un tiempo. Y aunque no parezca importante, es cierto que resulta de lo más descorazonador. Pero… tengo una teoría —dijo con tono interesante como si fuera a sacar un conejo de la chistera—. Tenemos mucha historia, y desde luego mucha más de la que tú y yo sabemos.

Rafa se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de la silla. Se acomodó un poco las mangas de la camisa. Un hilo de atención surgió en Carlos, que entendió que aquel gesto podía ser el preludio de una de esas historias de cafetería que tanto disfrutaba. Escuchaba atentamente a su amigo.

—Veámoslo desde un punto de vista más positivo. Imagina que haya más patrimonio científico del que conocemos. Es mucho más emocionante descubrir esas historias en libros con el tiempo. ¿Has oído alguna vez hablar de la microglia?

—¿Microqué?

—La microglía son un conjunto de células del organismo que, a su vez, pertenece a un conjunto más amplio llamado neuroglia. La neuroglia está compuesta por distintos tipos de células que forman parte del tejido nervioso pero no son neuronas. Se encuentran entre las neuronas y realizan funciones auxiliares.

—Espera… espera un momento. —De repente estaba aturullado. No lograba entender como su amigo licenciado en Derecho sabía aquellas cosas, jamás había escuchado aquello de la neuroglia. —¿A qué te refieres con eso de funciones auxiliares?

La mirada cómplice de Rafa demostraba que, una vez más, había entendido la situación. Debía ir más despacio.

—El tejido nervioso está formado por distintos tipos de células. El tipo celular más famoso e importante son las neuronas, las células que se encargan de crear pulsos eléctricos y transmitirlos a otras neuronas. Las neuronas están conectadas unas con otras a través de sinapsis de manera que forman una estructura similar a una red. La famosa red neuronal —dijo con tono de broma mientras imitaba el acento de Punset.

Carlos miraba fijamente a su interlocutor. No estaba dispuesto a perder un detalle ahora que tenía la situación bajo control.

—Sin embargo, como te decía antes, las neuronas no son las únicas células del tejido nervioso. Existen otros tipos de células cuya función es ayudar (o auxiliar) a las neuronas para que puedan cumplir de forma adecuada su función. Me refiero por ejemplo a nutrirlas, defenderlas de agresores externos o aislarlas de otro tipo de células. A eso me refería con funciones auxiliares. Y ese grupo de células auxiliares de las neuronas se les llama neuroglia. La microglía son unas de las células de la neuroglia.

—Ajam…vale, lo entiendo pero… ¿a qué viene todo esto, Rafa? —pregunto desconcertado.

—Tranquilo, ¿no querrás que desvele el misterio antes de tiempo verdad? La microglía son las células que se encargan de defender a las neuronas del sistema nervioso central, es decir, el encéfalo (cerebro y cerebelo) y la médula espinal. Las células de la microglía tienen su origen en la médula ósea, al igual que todas las células de la sangre y se encuentran entre las neuronas. Cuando entran en contacto con algún posible agresor, como pueden ser bacterias o sustancias tóxicas, se activan rápidamente y lo fagocitan, es decir, aíslan al agresor introduciéndolo dentro de una vesícula membranosa y lo digieren mediante enzimas hidrolíticas y proteolíticas. Son algo parecido a los macrófagos, pero dentro del sistema nervioso central.

—¡Aahhh! Me recuerda a aquellas tanquetas con ruedas que iban comiéndose toda la basura en “Érase una vez el cuerpo humano” y lo mantenían todo limpio.

microgliacell

Izquierda: Microfotografía de células de microglía (células de Hortega). Centro: Dibujo ilustrativo de la microglía como células pequeñas con múltiples prolongaciones (dendritas) ramificadas. Derecha: Macrófagos en la serie “Érase una vez el cuerpo humano”.

—Exacto. Aquellas tanquetas eran macrófagos, células que hacían fagocitosis. Las células microgliales cumplen esa misma función y, además, son mucho más sensibles que los macrófagos del resto del cuerpo. Ten en cuenta que todo el sistema nervioso central está protegido por la “barrera hemato-encefálica”, un filtro que se localiza entre el tejido nervioso y los vasos sanguíneos que irrigan ese tejido. Esta barrera impide que cualquier célula o agente extraño que pueda circular por la sangre, penetre en el tejido cerebral. Por tanto, las células de la microglía, junto con la barrera hemato-encefálica, cumplen una función de defensa de órganos tan importantes como el cerebro, el cerebelo y la médula espinal. Es por ello que se trata de células muy polivalentes. Una vez que han contactado con un posible agresor, además de fagocitarlo, se encargan de organizar una respuesta inmunitaria para luchar contra ese agresor.

—Me parece fascinante lo que me cuentas. Y además, parece que estas células de la microglía cumplen una función muy importante…y no había escuchado su nombre nunca. —respondía maravillado.

—Pues las células de la microglía fueron descritas por Pio del Rio Hortega, un médico e investigador de Valladolid de principios de siglo XX. De hecho, las células microgliales también se llaman “células de Hortega”.

— ¿En serio? ¿Hay unas células que llevan el nombre de un médico español y no lo sabemos?

—No sólo eso. Hay muy pocas personalidades que den nombre a una célula. El hecho de que no sea popular, no significa que no sea importante. Pio del Rio Hortega llegó a ser presidente de Real Sociedad de Historia Natural y, en 1928, fue también nombrado jefe de la Sección de Investigación del Instituto Nacional del Cáncer, el cual llegó a dirigir años más tarde. Fue uno de los discípulos más renombrados de Ramón y Cajal. Tras el estallido de la Guerra Civil se exilió a París. Allí trabajó en el servicio de neurocirugía del Hospital de la Pitié. También fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford, que actualmente sigue siendo una de las mejores universidades del mundo.

Hacía unos segundos que un Carlos enmudecido estaba abrumado por la relevancia del personaje. Dejó que su amigo siguiera.

pio-hortega-644x362

Pío del Rio Hortega (1882-1945)

—Hortega, además, destacó en el campo de la Histología llegando incluso a desarrollar nuevas técnicas como el método de carbonato de plata amoniacal, que le sirvieron para estudiar más en detalle las células del tejido nervioso, ampliando los conocimientos que había disponibles hasta la fecha. Incluso estuvo nominado al Premio Nobel de Medicina y Fisiología en dos ocasiones (1929 y 1934).

En ese momento se dio cuenta de que la expresión de Carlos debía ser muy parecida a su propia cara en el momento en que leyó aquella historia en un libro unas semanas atrás. Una sensación de incredulidad e indignación dominaba su mente. España no era tierra yerma de ilustres personalidades. Teníamos patrimonio histórico de primera calidad en Ciencia, sólo había que desenterrarlo del olvido. Eso le recordó que había olvidado la hora que era y, como tantas veces, ya llegaba tarde.

—Carlos, he de irme que tengo que acabar una entrega para mañana. Espero tomarme otro café contigo pronto, con un poco más de tiempo— dijo Rafa apurado mientras se terminaba de recolocar las mangas de su chaqueta.

—¡Uy! Es tarde. Yo sí que tengo que hacer cosas, y voy a empezar esta misma tarde. —sintió una vez más que un café, aunque fuera descafeinado, le había insuflado una dosis de ilusión que andaba necesitando. Vio de reojo a aquel niño que echaba de menos.

Se despidieron y Carlos llegó a casa dispuesto a arreglar aquel desorden de su pequeño estudio. Su mente totalmente despejada se puso a devorar páginas de internet. No sólo redescubrió la obra de Hortega. Ya estaba deseando que llegara el próximo café para sorprender a Rafa con otra ilustre española, la bióloga e investigadora Josefina Castellví.

Ahora sobraban las ganas. Después de todo “no existen cuestiones agotadas, sino hombres agotados en las cuestiones”, y eso siempre tiene solución.

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios

Arte vivo

No entendí muy bien si el artista había querido hacer una lámpara para la mesita de noche super original o había conseguido dar a la estructura una forma de árbol fantástico con colores y equilibrio espectaculares.

625px-alphahemolysin_membrane_heptamer_7ahl_sidevw

Proteína Hemolisina

La primera vez que vi la representación de una Hemolisina, me pareció que alguien había jugado con cintas de colores, de esas que se usan en las fiestas de fin de año. Busque la fuente de la información para saber quién era el artista. Me sorprendió ver que me dirigía a un blog de química y a pie de fotografía estaba escrito Proteína Hemolisina.

Se habla a diario de proteínas. Que si proteínas animales que si vegetales, que si perjudican allí, que si aquello o lo otro. Y en realidad yo no sabía absolutamente nada de ellas. Ni sé, pero estoy en ello.

Las proteínas son las nanomáquinas encargadas del mantenimiento de la estructura y funcionamientos de todas nuestras células. Son moléculas de tamaños muy diversos y llevan a cabo tareas muy variadas. Unas actúan como sistema de eliminación de otras moléculas, como señal de alerta, como software vivo que “habla” con nuestro ADN o sirven para ser ensambladas como sistema de transporte activo entre el interior de la célula y su medio externo. También permiten que las reacciones adecuadas mantengan nuestro metabolismo, y por tanto el flujo de materia y energía, activo. Me he entusiasmado con algunas de ellas

La RubisCO, cuyo nombre no nos dice nada. Nos es tan poco familiar como el nombre de un habitante del otro lado del planeta, pero todos deberíamos conocerla. Es la más abundante e importante para el mantenimiento de la vida en nuestro planeta, ya que es la principal responsable de la captura de dióxido de carbono durante la fotosíntesis. ¡Impresionante, eh! Y no es de las más bonitas

La hemolisina, se encarga de transportar moléculas a través de la membrana y tienen la forma de tubos huecos que son los que me llamaron la atención.

hemolisina

Proteína hemolisina

La p53, es de las denominadas factores de transcripción, poseen una estructura que las hace encajar a la perfección a la doble hélice de ADN, lo que las delata como proteínas capaces de leerlo e influir en la actividad genética y tienen un papel esencial en diversos procesos clave para la estabilidad celular. De hecho se le conoce como el guardián del genoma. Cuando fallan debido a una mutación, la estabilidad puede perderse e iniciarse un proceso de crecimiento tumoral. Con lo bonita que es, ¡me cachis! Se ve perfectamente como se introduce dentro del espiral de ADN para compartir información. ( Me pregunto si la epigenètica tiene algo que ver con este diálogo)

p53

Proteína p53

La ferritina. Esta, seguro que nos suena a todos de los rutinarios análisis de sangre. Pues es capaz de contener un gran número de iones de hierro para almacenarlos dentro de las células.

ferritina

La mioglobina Pariente de la hemoglobina presente en el torrente sanguíneo que permite que el oxígeno sea llevado desde los órganos del sistema respiratorio hasta todas las regiones y tejidos.

mioblobina

Proteína mioglobina

Proteína fluorescente verde. Es la famosa proteína fluorescente verde,  que  se  ha convertido en pieza clave en la visualización del mundo molecular vivo. ¡Chulísima!

proteina-fluorescente-verde

Proteína fluorescente verde

Espero haber sido capaz de seduciros con ellas, como ellas me han seducido con su espontaneo arte vivo

Fuentes: “La lógica de los monstruos” de Ricard Solé y wikipedia

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | 4 comentarios

La extraña quietud de Lipidia

Se han cumplido 54 años de la publicación de Primavera silenciosa, la obra de Rachel Carson que removió conciencias sobre el impacto ecológico del empleo de los plaguicidas, y que pronto se convirtió en uno de los libros de divulgación científica más influyentes. El primer capítulo de Primavera silenciosa tiene por título Una fábula para el día de mañana, un relato de una ciudad imaginaria dominada por una extraña quietud y sin atisbos de criatura viviente.

Salvando las distancias, haré un modesto intento a través de una fábula, como Rachel Carson, para ilustrar esta desviación de la ciencia hacia “el lado oscuro”, con lo sucedido en una ciudad donde también acabó reinando un sospechoso silencio.


En la ciudad de Lipidia,* la prosperidad se mide en kilos. El peso de más que muestran orgullosos sus orondos habitantes es su seña de identidad. Los lípidos se encuentran en abundancia tanto en sus generosas carnes como en toda su gastronomía.

Los habitantes de Lipidia nunca tuvieron demasiada confianza en la medicina, pues todos estaban más que hartos de que los galenos les hablaran insistentemente sobre la necesidad de adelgazar.

– Un lipidio escuálido no puede ser feliz. ¡Esos matasanos no saben lo que dicen! –comentaba en la calle un mofletudo caballero que desplazaba por la acera sus 180 kilos.

A decir verdad, tampoco tenían demasiada confianza en la química. En los mercados de la ciudad jamás entraban alimentos foráneos con todos esos “venenos” en forma de aditivos, y mucho menos los manipulados genéticamente.

¡Hasta ahí podríamos llegar! –decía una rolliza señora mientras recolectaba lechugas en su huerto- Esto sí que son productos naturales y sanos, sin porquerías químicas.

Para ser sinceros, tampoco tenían mucha confianza en los físicos.

Esos no son de fiar –dice el alcalde, haciendo crujir el sillón del ayuntamiento bajo sus 155 kilos-. Nos insisten en que pongamos pararrayos en los edificios altos, como si eso fuera a servirnos de algo ante la furia de los cielos. ¡Que se dejen de pararrayos y nos quiten esas antenas que han puesto en la colina, que nos tienen enfermos a todos!

Definitivamente, los lipidios no confiaban en nada que tuviera que ver con la ciencia. Estaban convencidos de que era algo que no les resolvía nada y les complicaba la vida. “Los científicos, poquitos y lejos”, se les oía decir con frecuencia.

Cansados de ser ninguneados por los habitantes de Lipidia, urdieron un plan que habría de servirse del analfabetismo científico de éstos. Todo comenzaría con una estrategia para potenciar el avance y la innovación en la ciudad, y los lipidios tendrían que estar a la altura de la imagen que se debía ofrecer.

Los científicos convocaron a los ciudadanos para comunicarles que ponían a su disposición, por un módico precio, un método de adelgazamiento que no precisa seguir ningún tipo de régimen. Solamente ingerir el contenido de una ampolla una vez al día.

Es una técnica revolucionaria –dijo uno de los expertos-. Hemos descubierto que la grasa, causante de la obesidad de todos nuestros convecinos, si se diluye un número muy elevado de veces, hace el efecto contrario y ayuda a adelgazar.

Por primera vez, y sin que sirviera de precedente, todo el mundo escuchaba a los científicos sin pestañear, sin perderse un solo detalle de lo que decían. Los expertos les aseguraron que el tratamiento sería asequible para todos los bolsillos, y que comenzarían a notar sus efectos desde las primeras tomas.

Lo que no dijeron fue la verdadera manera en que se produciría la disminución de peso. Después de haber preparado aquellas ampollas de alcohol, diluyendo unos gramos de tocino de cerdo hasta casi el infinito, se las vendieron a una población impaciente por notar el efecto en sus básculas. A partir del día siguiente, como habían acordado en la Academia de Ciencias, reducirían paulatinamente el valor de la aceleración de la gravedad, hasta ese momento fijado en 9,8 m/s2.

En un mes, los científicos habían descendido el valor hasta los 4,9. Los habitantes de Lipidia contemplaban con alborozo que todos habían reducido su peso exactamente a la mitad, sin que se les notara merma ni desmejoramiento en su aspecto físico. Estaban encantados. Era mucho más agradable presumir de peso ideal sin tener que trabajarse lorzas y michelines. Cajas y cajas de las ampollas milagrosas, con alcohol como único ingrediente, salían a espuertas para proporcionar cuantiosos beneficios a los científicos.

Pero esto era sólo el principio. El siguiente paso del plan afectaba a un asunto tan estratégico como la energía. De nuevo, en connivencia con la Academia de Ciencias, se organizó una asamblea extraordinaria para aprobar la próxima acción: abolir la segunda ley de la Termodinámica. De nuevo, se convocó a los exultantes lipidios para explicarles, en román paladino, las consecuencias que traería esta abolición.

– Esta medida que acabamos de tomar por unanimidad significará el avance definitivo de nuestra ciudad hacia un futuro de progreso desconocido hasta entonces. La supresión de la segunda ley de la Termodinámica elimina la factura que nos imponía la naturaleza de manera inexorable, una tasa energética tan desproporcionada que ningún gobierno se atrevería a implantar.

Desde mañana, todas nuestras máquinas funcionarán sin requerir un aporte de energía continuo. Bastará un impulso inicial para que cualquier ingenio mecánico continúe funcionando por sí solo. Nuestros electrodomésticos podrán desconectarse de la red y seguirán funcionando; nuestros barcos y nuestros vehículos no dependerán más del petróleo pues obtendrán el calor necesario para sus motores del agua del mar o de la atmósfera. La era del movimiento perpetuo comienza en nuestra ciudad.

Los lipidios no salían de su asombro. Por fin los científicos servían para ofrecerles un futuro tan prometedor como nadie hubiera sospechado. No más facturas de electricidad, no más repostaje en la gasolinera… esto era el progreso en su grado máximo. Pero no todos los habitantes estaban tan contentos. Ante el anuncio hecho por la Academia de Ciencias, el pánico se desató entre los directivos de las compañías eléctricas y de las petroleras.

Esa misma noche, las acciones de las grandes empresas energéticas cayeron en picado. Las pérdidas eran monumentales. El mercado se inundó de acciones a la venta que perdían valor a cada hora, a cada minuto.

Al comenzar el nuevo día, el optimismo con el que amanecieron los lipidios fue desapareciendo cuando descubrieron que ningún artefacto mantenía su funcionamiento por sí solo, como les habían dicho los científicos. El silencio aplastante de la ciudad, con todas sus máquinas y vehículos detenidos, tenía como testigos a unos habitantes mudos y desorientados. Nadie recordaba una quietud como aquella, mientras en su mente bullían multitud de preguntas.

¿Habrán suprimido la abolición de la ley sin decirnos nada? ¿Será que han retrasado su entrada en vigor y continuamos sufriendo esa condenada segunda ley?

Confundidos, todos acudieron apresuradamente a primera hora de la mañana al salón de plenos del Ayuntamiento, donde les esperaban los nuevos accionistas de las empresas energéticas: los miembros de la Academia de Ciencias. La liquidez obtenida por la venta de las ampollas homeopáticas se había transformado en una magnífica inversión.

Les explicaron que, en realidad, nadie había perdido un solo gramo de sus generosas figuras, y que todo había sido fruto de la manipulación de la ley de la gravedad… o de la manipulación que habían sufrido por su ignorancia científica.

A partir de aquel día, y con la humildad de la lección aprendida, los lipidios se interesaron mucho más por la ciencia y escuchaban con más atención a sus expertos. Al fin y al cabo, los considerables fondos que otorgarían las acciones a la Academia se emplearían para el avance y el beneficio de la ciudad, esta vez de verdad.

Eso sí, todos los habitantes se comprometieron a disciplinarse para adelgazar y a ser responsables con el consumo de energía porque en Lipidia, la ley de la gravedad y la segunda ley de la Termodinámica volvieron a cumplirse sin excepción.


*  Con el término “lipidia” se hace referencia en Chile a una indigestión, mientras que en Cuba significa terquedad u obstinación. Ambas acepciones se ajustarían también a los habitantes de esta ciudad de fantasía.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | Deja un comentario